2611-05
Una república se juzga por cómo trata al que se quedó atrás.
Hay una aritmética del poder que suele conformarse con la mayoría. Si noventa y nueve están bien, se piensa, el que falta no cuenta demasiado. Esa resta silenciosa es cómoda para el gobernante y devastadora para el ciudadano olvidado. Porque detrás de ese que falta hay una persona, un derecho negado, una vida que el Estado decidió no buscar.
La medida de una comunidad decente no está en cuántos atiende con comodidad, sino en cuánto se esfuerza por los que se le pierden. Es fácil gobernar para el que ya está dentro del sistema. Lo difícil, y lo que distingue a un buen gobierno, es no resignarse al que quedó afuera, no dar por perdido a nadie, salir a buscar al que el país dejó caer.
Salir a buscar al olvidado
El Estado peruano ha aprendido a contar bien a los que ya alcanza y a ignorar cómodamente a los que no. Celebra promedios y oculta extremos. Dice que la pobreza baja mientras en los márgenes crece la desesperación. Esa estadística tranquilizadora esconde un vicio profundo, la costumbre de dar por aceptable que algunos queden siempre fuera.
Pero ningún número justifica el abandono de una sola persona. El poblador que vive a días del centro de salud más cercano, el niño sin partida de nacimiento que oficialmente no existe, el anciano que nunca recibió la pensión que le correspondía. No son errores de redondeo, son ciudadanos de pleno derecho a los que el Estado les debe una búsqueda activa, no una disculpa estadística.
Gobernar con decencia es invertir el reflejo. En lugar de preguntar cuántos están bien, preguntar quién todavía no lo está y por qué. El buen gobierno no se queda tranquilo con la mayoría satisfecha, se inquieta por la minoría olvidada. Esa inquietud, esa negativa a dar por perdido a nadie, es la diferencia entre un Estado que administra y uno que de verdad representa.
LA OTRA CARA
La trampa del promedio
El promedio es una herramienta útil y una tentación peligrosa. Permite ver el conjunto, pero esconde a los que están en los extremos. Un país puede mejorar en promedio mientras sus olvidados empeoran, y nadie se entera porque la cifra general sonríe.
Por eso el buen gobierno mira detrás del promedio. Desagrega, busca a los que la media oculta, se niega a confundir el bienestar de la mayoría con el abandono de la minoría. Gobernar por promedios es gobernar con los ojos cerrados a quien más necesita.
El valor de uno solo
Hay una idea incómoda para la lógica del poder, cada persona vale por sí misma, no como fracción de una estadística. El ciudadano olvidado no es un decimal despreciable, es un fin en sí mismo, titular de derechos que no dependen de cuántos sean como él.
Cuando una república entiende eso, cambia su manera de gobernar. Deja de calcular a quién puede permitirse abandonar y empieza a preguntarse cómo alcanzar a todos. Ese cambio de mirada es, quizá, el verdadero signo de una democracia madura.
AFORISMOS
- Una república se juzga por cómo trata al que se quedó atrás. — JFT
- El olvidado no es un decimal despreciable, es un ciudadano completo. — JFT
- Gobernar por promedios es gobernar con los ojos cerrados. — JFT
- Ningún número justifica el abandono de una sola persona. — JFT
- El buen gobierno no se tranquiliza con la mayoría, se inquieta por la minoría. — JFT
PROPUESTAS
- Reemplazar la evaluación por promedios con indicadores que midan explícitamente a los sectores más rezagados.
- Implementar un registro activo de ciudadanos sin documentación ni acceso a servicios básicos, con metas de cobertura total.
- Diseñar estrategias de llegada a las zonas de más difícil acceso, en lugar de esperar a que el ciudadano llegue al Estado.
- Garantizar que ningún peruano quede sin identidad legal, condición mínima para ejercer cualquier derecho.
- Auditar los programas sociales no por cuántos atienden, sino por cuántos de los que deberían atender quedan todavía fuera.