2611-04
Prometer sin calcular es la forma más antigua de engañar a un pueblo.
Antes de levantar una obra, cualquier persona sensata calcula si tiene con qué terminarla. Antes de entrar en un conflicto, un gobernante prudente mide sus fuerzas. Esta lógica elemental, que gobierna la vida de cualquier familia, desaparece misteriosamente en la política peruana, donde abundan las torres a medio construir y las guerras que nadie supo cómo iban a terminar.
La cultura de la promesa fácil ha hecho un daño profundo. Se ofrece lo que no se puede dar, se anuncia lo que no se puede pagar, se inaugura lo que luego se abandona. El resultado es un paisaje de ilusiones rotas y presupuestos malgastados. Gobernar en serio empieza por una virtud poco glamorosa, sentarse a calcular antes de prometer.
El costo que nadie quiso sumar
El Perú está lleno de cimientos sin edificio. Hospitales que nunca se equiparon, carreteras que terminan en la nada, programas anunciados con bombos y abandonados sin explicación. Cada uno de ellos nació de la misma falla, la de prometer sin haber calculado el costo real de cumplir. La audacia sin cálculo no es valentía, es irresponsabilidad disfrazada de iniciativa.
Calcular antes de actuar no es cobardía ni falta de ambición. Es, al contrario, la condición de toda ambición seria. El que planifica sabe hasta dónde puede llegar y no empeña la credibilidad del Estado en aventuras que no podrá sostener. El que improvisa, en cambio, deja un rastro de obras inconclusas que la gente paga en impuestos y en frustración.
Hay además un costo que casi nunca se suma, el de la confianza. Cada promesa incumplida erosiona el vínculo entre el ciudadano y sus instituciones. Un pueblo engañado muchas veces deja de creer en todo, incluso en lo que es cierto. Por eso la prudencia en el gobierno no es timidez, es cuidado del bien más escaso que tenemos, la palabra pública que todavía vale algo.
LA OTRA CARA
La tentación de la obra inaugurada
Hay una tentación poderosa en la política, la de inaugurar. Cortar una cinta rinde votos aunque la obra no sirva; anunciar un plan luce bien aunque jamás se ejecute. El incentivo premia el gesto y castiga la paciencia de lo bien hecho.
Contra esa tentación hay un solo antídoto, medir a los gobernantes por lo que terminan y no por lo que empiezan. Una obra concluida y en funcionamiento vale más que diez primeras piedras colocadas para la foto.
La prudencia no es parálisis
Se acusa a veces a la prudencia de frenar el desarrollo, y es una trampa. Lo que frena el desarrollo es la obra mal pensada que se cae, el proyecto sin estudios que se abandona. La verdadera parálisis es el desperdicio.
Planificar con rigor es la manera de avanzar más rápido, no más lento. Quien calcula bien construye una sola vez; quien improvisa construye, derriba y vuelve a empezar, gastando el doble y avanzando la mitad.
AFORISMOS
- Prometer sin calcular es la forma más antigua de engañar a un pueblo. — JFT
- La audacia sin cálculo no es valentía, es irresponsabilidad. — JFT
- Cada promesa incumplida gasta un poco de la confianza que queda. — JFT
- Una obra terminada vale más que diez primeras piedras. — JFT
- El que planifica construye una vez, el que improvisa construye tres. — JFT
PROPUESTAS
- Exigir estudios de factibilidad y financiamiento asegurado antes de anunciar o iniciar cualquier obra pública.
- Sancionar la obra inconclusa identificando responsabilidades en quienes la aprobaron sin sustento.
- Medir la gestión por proyectos concluidos y en funcionamiento, no por presupuestos comprometidos ni cintas cortadas.
- Crear un registro público de obras paralizadas con su costo y las razones de su abandono.
- Vincular toda promesa de campaña a una estimación verificable de su costo y su fuente de financiamiento.