2611-03
Una república que deja sillas vacías no es de todos, es de unos cuantos.
Hay una imagen que define la calidad de una democracia, la de una mesa común donde todos tienen lugar. Cuando el convite es amplio y las puertas están abiertas, el país se parece a sí mismo. Cuando las invitaciones se reparten entre pocos y los demás se quedan afuera mirando, lo que tenemos no es una república sino un club privado con bandera nacional.
El drama peruano no es que falte mesa, es que sobran excluidos. Millones de ciudadanos viven como invitados que nunca recibieron la invitación, al margen de los servicios, de las oportunidades, del Estado que dicen compartir. Y mientras unos pocos se acomodan y hasta rechazan la silla que ya tienen, afuera espera la mayoría que nunca fue convocada.
Los que nunca fueron invitados
En toda sociedad hay quienes reciben la invitación y la desprecian, convencidos de que sus asuntos privados valen más que lo común. Son los que tienen todo y aun así le dan la espalda al país, los que pueden aportar y eligen ausentarse. El desdén de los privilegiados es una forma silenciosa de deslealtad con la comunidad que los sostiene.
Pero el problema mayor está más allá, en la multitud que nunca recibió invitación alguna. El poblador de la sierra que nunca vio llegar al Estado, el joven de la periferia sin escuela decente, el enfermo que no entra en ningún plan. Esos no rechazaron la mesa, es que nadie los llamó. Y una república que se construye solo con los de siempre termina siendo pequeña, injusta e inestable.
La tarea de la política decente es ampliar la mesa hasta que no quede nadie afuera. No por caridad, sino por justicia y por sentido común. Un país que incluye es un país que crece; uno que excluye acumula resentimiento y lo paga tarde o temprano. Llenar las sillas vacías no es un gesto de bondad, es la condición para que la república sea de verdad de todos.
LA OTRA CARA
El desdén de los que tienen
Hay un desprecio tranquilo en quien, teniéndolo todo, se desentiende del país. No roba de manera visible, pero tampoco aporta; se beneficia de lo común sin sentirse parte de él. Ese egoísmo elegante corroe la vida pública tanto como la corrupción abierta.
Cuando los que más pueden se ausentan del proyecto común, dejan la mesa a merced de los vivos. La indiferencia de los acomodados no es neutral, es una forma de decidir, y decide siempre a favor del privilegio.
Incluir como estrategia de Estado
Incluir no es repartir favores, es ensanchar la base sobre la que se sostiene el país. Cada ciudadano que entra al mercado formal, a la escuela, al sistema de salud, suma al conjunto. La exclusión, en cambio, resta y encarece.
Un Estado inteligente entiende que su fortaleza está en la cantidad de gente que efectivamente alcanza. La inclusión no es un gasto sentimental, es la inversión más rentable que una nación puede hacer en sí misma.
AFORISMOS
- Una república que deja sillas vacías no es de todos. — JFT
- El excluido no rechazó la mesa, nadie lo llamó a ella. — JFT
- La indiferencia del que tiene todo es una forma elegante de deslealtad. — JFT
- Incluir no es caridad, es la condición de toda república verdadera. — JFT
- Un país que excluye acumula un resentimiento que algún día cobra. — JFT
PROPUESTAS
- Diseñar políticas de cierre de brechas con metas medibles en salud, educación e infraestructura para las zonas históricamente olvidadas.
- Facilitar la formalización como camino de inclusión, simplificando trámites en lugar de multiplicar barreras.
- Garantizar presencia efectiva del Estado en el territorio rural y periférico, no solo en las grandes ciudades.
- Combatir la captura del Estado por grupos de interés que reservan las oportunidades para los de siempre.
- Medir el éxito de cada política por el número de ciudadanos que efectivamente alcanza, no por el presupuesto que ejecuta.