2610-25
Toda regla que olvida al prójimo es solo técnica sin alma.
Las sociedades acumulan leyes, reglamentos, procedimientos, hasta el punto de perderse en ellos. Llega un momento en que nadie recuerda para qué servía cada norma, y la máquina funciona por inercia, generando trámites que a nadie ayudan. Entonces vale la pena hacer la pregunta esencial. De toda esa maraña, cuál es el principio del que todo lo demás debería derivar. Porque sin un principio ordenador, las reglas se multiplican sin sentido y terminan sirviéndose a sí mismas.
La respuesta decente es antigua y sencilla. El fundamento de toda política honesta es el deber hacia el otro, el reconocimiento de que la persona que tengo al lado tiene la misma dignidad que yo. De ahí cuelga lo demás. Una ley que protege a las personas es justa; una que las instrumentaliza es ilegítima aunque esté bien redactada. El principio no es un adorno moral, es el criterio que permite distinguir la norma que sirve de la que oprime.
Una sola vara para medirlo todo
Hay una pregunta que debería acompañar a cada decisión pública y que casi nunca se formula. Esto sirve a las personas o las usa. Parece ingenua, pero es la más exigente de todas. Permite atravesar la retórica, los tecnicismos y las buenas intenciones para llegar al fondo. Una política puede estar llena de cifras impecables y seguir siendo indecente si en el camino olvidó a quién debía servir.
El Perú ha sufrido mucho de gobiernos que confunden los medios con los fines. Se obsesionan con la obra, la estadística, el indicador, y pierden de vista al ciudadano concreto para quien todo eso supuestamente existe. El puente que no conecta comunidades, el programa que no llega a nadie, la norma que complica en lugar de facilitar, son fracasos no por ineficientes sino por haber olvidado su razón de ser.
Reducir la política a su principio no la empobrece, la depura. Cuando una autoridad tiene claro que todo lo que hace debe medirse por cómo trata a las personas, las decisiones difíciles se vuelven más claras. No todas se vuelven fáciles, pero todas se vuelven honestas. El principio no resuelve los dilemas técnicos, pero impide que la técnica se convierta en coartada para el abandono del otro.
LA OTRA CARA
La norma que olvida su fin
Hay un formalismo que mata. Es el de quien aplica la regla al pie de la letra sin preguntarse para qué existía. Se niega un derecho por un trámite mal llenado, se posterga una urgencia por un requisito accesorio, se castiga al ciudadano por no entender un procedimiento que ni el funcionario comprende del todo. La forma devora al fondo.
Toda norma nació para servir a un propósito humano. Cuando se la obedece olvidando ese propósito, se convierte en su contrario. La ley que debía proteger termina excluyendo, y el procedimiento que debía ordenar termina humillando. Recordar el fin de cada regla es la primera obligación de quien la aplica.
El prójimo no es una abstracción
Es fácil hablar del pueblo, de la ciudadanía, de las grandes mayorías. Son palabras cómodas porque no obligan a mirar a nadie en particular. Pero el deber hacia el otro no se cumple con multitudes abstractas, se cumple con personas concretas, con nombre, con rostro, con una necesidad específica que espera respuesta.
La política decente empieza cuando el que decide es capaz de imaginar a la persona que recibirá su decisión. No la masa, sino el individuo que hará la cola, que presentará el documento, que dependerá de ese servicio. Gobernar bien es, antes que nada, no olvidar que al final de cada norma hay alguien esperando.
AFORISMOS
- Toda regla que olvida para qué nació termina sirviéndose a sí misma. — JFT
- El deber hacia el otro es el único principio del que una política decente puede derivar. — JFT
- Una ley bien redactada que instrumentaliza a las personas sigue siendo ilegítima. — JFT
- Gobernar bien es recordar que al final de cada norma espera alguien concreto. — JFT
- La técnica sin un principio que la ordene es solo un modo elegante de abandonar al otro. — JFT
PROPUESTAS
- Someter toda norma y programa a una pregunta previa verificable, cómo mejora de manera concreta la vida de las personas a las que se dirige.
- Simplificar los procedimientos administrativos eliminando requisitos que no protegen ningún derecho ni cumplen función real.
- Capacitar al funcionario público para aplicar la norma según su finalidad, no solo según su literalidad.
- Crear canales accesibles para que el ciudadano reclame cuando un trámite lo perjudica sin razón sustantiva.
- Evaluar cada política por su impacto en el ciudadano concreto y no solo por indicadores agregados.