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La paciencia con el que no da resultados tiene un límite razonable.
Hay una tentación cómoda cuando ocurre una desgracia, la de buscar culpables entre las víctimas. Si al pobre le va mal, es porque no se esfuerza; si una región sufre, es porque su gente lo merece; si alguien cae, algo habrá hecho. Esa lógica tranquiliza al que la pronuncia porque lo exime de responsabilidad. Pero es falsa y es cruel. La mayoría de las tragedias no son castigos, son consecuencias de decisiones, abandonos y negligencias que tienen responsables concretos, casi nunca entre los que las padecen.
Lo honesto no es repartir culpas hacia abajo sino exigir cambios hacia arriba. Y ahí aparece la otra cara. La paciencia con las instituciones y las autoridades no puede ser infinita. Se les da tiempo, recursos, oportunidades, y en algún momento corresponde preguntar por los frutos. Una democracia seria combina dos virtudes que parecen opuestas, la compasión con quien sufre y la exigencia con quien gobierna.
El límite de la paciencia
Toda gestión pública pide tiempo. Nos dicen que las reformas maduran lento, que los resultados no son inmediatos, que hay que tener paciencia. Y es cierto, hasta cierto punto. El problema es cuando la paciencia se vuelve coartada, cuando el plazo se estira indefinidamente para no rendir cuentas nunca. Hay instituciones que llevan años ocupando el terreno sin dar fruto alguno, y cada vez piden un año más.
La imagen es precisa. Un recurso que ocupa un espacio productivo y no rinde no es neutral, es un costo. Cada presupuesto mal gastado, cada entidad que no cumple su función, cada autoridad que no produce resultados ocupa un lugar que podría tener alguien capaz. La esterilidad en lo público no es solo ausencia de logros, es el despojo de una oportunidad que pertenecía a todos.
Lo justo es un equilibrio. Dar una oportunidad más, sí, pero con condiciones claras, con abono y cuidado, es decir con apoyo y seguimiento, y con un plazo que esta vez se respete. Si tras el esfuerzo sincero sigue sin haber fruto, la decisión responsable no es seguir esperando sino liberar el terreno. La paciencia sin exigencia no es virtud, es resignación disfrazada.
LA OTRA CARA
La trampa de culpar a la víctima
Culpar al que sufre es el recurso favorito del que no quiere cambiar nada. Si la desgracia es merecida, entonces el sistema está bien y el problema es la gente. Esa narrativa protege a los verdaderos responsables y condena doblemente a las víctimas, primero con el daño y después con el reproche.
El Perú conoce bien esta injusticia. Se culpa al informal por no formalizarse, sin preguntar qué Estado lo expulsó a la informalidad; se culpa al pobre por su pobreza, sin mirar las puertas que se le cerraron. Antes de repartir culpas conviene revisar quién tenía el poder y el deber de evitar el daño.
Oportunidad no es impunidad
Dar una segunda oportunidad es noble, pero confundirla con la impunidad es suicida. Hay quienes han convertido el perdón y la paciencia ciudadana en un derecho permanente a no cumplir. Cada fracaso lo presentan como razón para más tiempo, nunca como motivo para rendir cuentas.
La oportunidad verdadera viene con una condición, el fruto. Se da apoyo y se da plazo, pero se evalúa el resultado. Una república que no sabe poner ese límite termina premiando la esterilidad y castigando al que sí produce, porque reparte el mismo terreno a quien lo trabaja y a quien lo desperdicia.
AFORISMOS
- La desgracia del pobre rara vez es su culpa y casi siempre es responsabilidad de alguien. — JFT
- Culpar a la víctima es la coartada favorita del que no quiere cambiar nada. — JFT
- La paciencia sin exigencia no es virtud, es resignación con buenos modales. — JFT
- Lo que ocupa un terreno público y no da fruto no es neutral, es un despojo. — JFT
- Dar una oportunidad más es noble; confundirla con impunidad es suicida. — JFT
PROPUESTAS
- Condicionar la continuidad de programas públicos a resultados verificables, con evaluaciones independientes y plazos que efectivamente se cumplan.
- Sustituir la cultura de culpar al informal por políticas que reduzcan las barreras estatales que empujan a la informalidad.
- Establecer metas claras y públicas para cada entidad, de modo que la paciencia ciudadana tenga referencia y vencimiento.
- Reasignar los recursos de las entidades que no cumplen su función hacia aquellas que demuestran impacto real.
- Acompañar toda segunda oportunidad institucional con apoyo técnico y seguimiento, no con mera prórroga del fracaso.