2610-14
Imponen al pueblo pesos que ellos no levantarían ni con un dedo.
Hay una clase dirigente experta en el detalle y ciega para lo esencial. Reglamenta minucias, persigue formalidades, se enreda en lo pequeño, y deja de lado lo único que justifica su existencia, la justicia. Cuida el centavo del ciudadano común y perdona el millón del poderoso.
Esa misma dirigencia ama los primeros asientos, el saludo en la plaza, el trato de honor. Disfruta de los privilegios del cargo mientras descarga sobre la gente el peso de trámites, impuestos y exigencias que ella jamás soportaría. Gobernar se convierte así en el arte de distribuir cargas hacia abajo y comodidades hacia arriba.
El peso siempre cae sobre los mismos
El ciudadano peruano conoce bien esa aritmética. Para abrir un negocio enfrenta una muralla de requisitos; para cumplir con el Estado hace colas interminables; para ejercer un derecho debe probar mil veces que lo merece. Mientras tanto, quien tiene poder encuentra siempre una ventanilla abierta y un atajo disponible.
La burocracia que agobia al pequeño suele ser indulgente con el grande. Se fiscaliza con lupa al informal que sobrevive y con displicencia al que evade por millones. Se castiga la falta menor del débil y se negocia el delito mayor del fuerte. Esa inversión de la vara es la forma más silenciosa de injusticia.
Un Estado decente invierte esa lógica. Alivia la carga del que menos puede y concentra la exigencia donde está la verdadera capacidad de cumplir. No confunde rigor con crueldad ni flexibilidad con impunidad. La justicia no consiste en tratar a todos igual, sino en no descargar sobre el más débil el peso que el poderoso elude.
LA OTRA CARA
El amor a los primeros asientos
Hay quienes entraron a la política por servir y quienes entraron por figurar. Los segundos se reconocen en su apetito de honores, en su necesidad del primer lugar, en la molestia que les causa pasar inadvertidos. Para ellos el cargo no es un deber sino un pedestal.
Ese afán tiene consecuencias públicas. El dirigente enamorado de su propia importancia gasta en ceremonia lo que debería gastar en gestión, y confunde el aplauso con el resultado. Cuando el ego ocupa el centro, el ciudadano queda en los márgenes.
La vara que se dobla
La injusticia más corrosiva no es la que niega abiertamente un derecho, sino la que aplica la ley según quién la enfrente. Dura con el que no tiene cómo defenderse, blanda con el que puede pagar la defensa. Esa elasticidad destruye la confianza más que cualquier delito aislado.
Cuando el ciudadano comprueba que la norma lo persigue a él y perdona al poderoso, deja de creer en la norma. Y una sociedad que no cree en sus reglas termina obedeciendo solo a la fuerza o a la maña. Restituir una vara única es la primera obra de todo gobierno serio.
AFORISMOS
- Imponen al pueblo pesos que ellos no levantarían ni con un dedo. — JFT
- La burocracia que agobia al pequeño suele ser indulgente con el grande. — JFT
- La justicia no es tratar a todos igual, es no descargar sobre el débil lo que el fuerte elude. — JFT
- Quien ama el primer asiento rara vez sirve al que quedó al final. — JFT
- Una vara que se dobla según quién la enfrente ya dejó de ser justicia. — JFT
PROPUESTAS
- Simplificar y digitalizar los trámites que hoy asfixian al pequeño emprendedor, eliminando requisitos duplicados y silencios administrativos abusivos.
- Concentrar la fiscalización tributaria en la gran evasión y no en el hostigamiento al informal de subsistencia.
- Establecer plazos máximos legales de respuesta del Estado al ciudadano, con sanción al funcionario que los incumpla.
- Recortar privilegios protocolares y gastos de representación que no se traduzcan en servicio verificable.
- Garantizar una sola vara sancionadora, con penas proporcionales que no dependan del poder económico del infractor.