2610-11
Ser invitado abre la puerta, estar a la altura la sostiene.
Una república digna invita a todos. No reserva la mesa pública para los de siempre ni condiciona la ciudadanía al origen, la fortuna o el apellido. La puerta se abre de par en par, a los buenos y a los malos, a los que estaban cerca y a los que llegaron tarde desde los caminos. Esa amplitud es la grandeza de lo democrático, que nadie quede excluido por nacimiento del banquete común.
Pero la invitación universal no es un cheque en blanco. Entrar exige una disposición, lo que podríamos llamar estar a la altura de la convocatoria. No basta cruzar la puerta, hay que presentarse con la conducta que el momento reclama. Una sociedad que abre sus puertas a todos tiene también el derecho de esperar de cada uno el compromiso mínimo que hace posible la convivencia.
La puerta abierta y la vara exigente
Hay dos errores simétricos en toda comunidad política. El primero es el de las puertas cerradas, el de quienes creen que el país les pertenece por cuna y miran al recién llegado como un intruso. Ese orgullo excluyente ha costado al Perú siglos de fractura, un país dividido entre los invitados de siempre y los eternamente dejados afuera.
El segundo error es el opuesto y más sutil, creer que, una vez abierta la puerta, ya nada más se exige. Que entrar basta, que la pertenencia no obliga a nada. Pero una comunidad donde todos entran y nadie se compromete no es una comunidad, es una multitud. La inclusión sin exigencia se degrada en desorden, y el desorden termina expulsando, por desgaste, a los mismos que decía acoger.
La fórmula justa combina ambas cosas, apertura total en el acceso y seriedad en la permanencia. Que entre quien quiera, sin preguntarle de dónde viene, y que, una vez dentro, se le pida lo mismo que a todos, respeto a las reglas y aporte al bien común. Esa es la diferencia entre una república y una clientela. En la clientela se entra por favor y se permanece por obediencia, en la república se entra por derecho y se permanece por responsabilidad.
LA OTRA CARA
Los que no quisieron venir
La historia recuerda también a los que, invitados, no quisieron venir. Prefirieron sus negocios, sus campos, sus intereses privados, y despreciaron la convocatoria al proyecto común. Es el retrato de cierta élite que, llamada a construir país, eligió siempre su beneficio particular y trató con desdén a quien la convocaba al deber.
Ese desprecio tiene consecuencias. El que rehúsa sistemáticamente el llamado al bien común termina perdiendo el lugar que daba por seguro. La mesa no espera indefinidamente a los que la desdeñan, se abre a otros, a los que sí acuden. Ninguna posición de privilegio es eterna cuando se la usa para esquivar la responsabilidad que la justifica.
El traje que no se compra
Y queda el detalle incómodo, el del que entró pero sin la disposición debida. Fue acogido como todos y, sin embargo, no estuvo a la altura. No se le reprocha su origen, pues vino de los caminos como el resto, se le reprocha haber entrado como si el privilegio de ser admitido no trajera deber alguno.
Ese traje que se le exige no se compra con dinero ni se hereda con el apellido. Es la disposición interior de quien entiende que pertenecer obliga. Una ciudadanía plena no se agota en reclamar derechos, se completa asumiendo deberes. Quien quiere los beneficios de la mesa común y rehúye sus cargas, tarde o temprano queda fuera por su propia incoherencia.
AFORISMOS
- Ser invitado abre la puerta, estar a la altura la sostiene. — JFT
- La inclusión sin exigencia se degrada en desorden. — JFT
- En la clientela se permanece por obediencia, en la república por responsabilidad. — JFT
- Ninguna posición de privilegio es eterna cuando sirve para esquivar el deber. — JFT
- Pertenecer no agota la ciudadanía, la empieza. — JFT
PROPUESTAS
- Garantizar el acceso universal a los servicios y derechos del Estado sin discriminación por origen, fortuna o procedencia.
- Acompañar todo derecho ciudadano con deberes claros y exigibles, para que la pertenencia obligue y no solo beneficie.
- Abrir los espacios de decisión pública a nuevos actores territoriales y sociales, superando el monopolio de las élites de siempre.
- Establecer estándares mínimos de compromiso cívico y cumplimiento de reglas como condición para el ejercicio de responsabilidades públicas.
- Promover una cultura de ciudadanía que una la máxima apertura en el acceso con la máxima seriedad en la responsabilidad.