2610-10
No vale de quién vienes, vale lo que haces con lo que sabes.
Existe una tentación antigua en la vida pública, la de confundir el aplauso con la virtud y el origen con el mérito. Se admira al que nace en cuna de poder, se aclama al que dice las palabras justas, y se olvida preguntar lo único decisivo, qué hace realmente con aquello que proclama. El elogio fácil premia la apariencia, la vida seria premia el cumplimiento.
Una sociedad madura deja de medir a sus dirigentes por su linaje, su carisma o su discurso, y empieza a medirlos por sus obras. No importa cuán bien hable quien gobierna si sus palabras no se traducen en hechos verificables. El verdadero mérito no está en pronunciar los principios correctos sino en encarnarlos cuando cuesta, cuando nadie mira, cuando hacerlo no da aplausos sino enemigos.
Del aplauso a la obra
La política peruana vive enamorada de las palabras. Premiamos al orador brillante, al que formula el diagnóstico perfecto, al que nombra con elegancia nuestros males. Y luego nos sorprende que, llegado al poder, nada de eso se cumpla. Confundimos la lucidez del discurso con la capacidad de gobernar, como si decir bien el problema fuera lo mismo que resolverlo.
Hay una distancia enorme entre proclamar un valor y practicarlo. Muchos saben de memoria el catálogo de las virtudes públicas y ninguno las ejerce cuando les toca. Escuchar los principios correctos es sencillo y hasta cómodo, guardarlos, es decir cumplirlos, exige un carácter que el aplauso no otorga. El país no necesita más gente que sepa qué hay que hacer, sino gente dispuesta a hacerlo.
Y aquí cae un prejuicio que nos cuesta caro, el del origen. Creemos que vale más quien viene de buena familia, de cierto apellido, de determinada institución. Pero la dignidad no se hereda ni se compra, se gana con la conducta. El hijo de nadie que cumple su deber vale infinitamente más que el heredero de todo que traiciona el suyo. Esa es la única aristocracia que una república debería reconocer, la del comportamiento.
LA OTRA CARA
La aclamación vacía
Cuidado con las aclamaciones multitudinarias, porque suelen ser el disfraz de la pereza cívica. Es fácil vitorear a un líder, colgar su imagen, repetir su nombre. Todo eso exime del esfuerzo de pensar y de exigir. La idolatría política es cómoda porque traslada a otro la responsabilidad que es de cada uno.
El ciudadano que solo aclama entrega su juicio y se vuelve masa. El que, en cambio, escucha con sentido crítico y luego actúa, conserva su condición de persona libre. Entre el que grita el nombre del caudillo y el que cumple en silencio su deber ciudadano, el segundo sostiene de verdad la república.
El mérito silencioso
Hay un heroísmo que no sale en las noticias, el del que cumple. El funcionario que no se deja comprar, el maestro que enseña sin reconocimiento, el juez que falla conforme a derecho aunque le cueste. Ninguno busca aplausos y todos sostienen, con su conducta discreta, la parte sana de un país.
Ese mérito silencioso es la verdadera reserva moral de una nación. No se mide en encuestas ni en seguidores, sino en deberes cumplidos sin testigos. Una sociedad decente es aquella que aprende a valorar más al que hace callado que al que promete a gritos.
AFORISMOS
- No vale de quién vienes, vale lo que haces con lo que sabes. — JFT
- Escuchar los principios es cómodo, cumplirlos exige un carácter que el aplauso no da. — JFT
- La dignidad no se hereda ni se compra, se gana con la conducta. — JFT
- La única aristocracia que una república debe reconocer es la del comportamiento. — JFT
- El que solo aclama entrega su juicio, el que cumple sostiene la república. — JFT
PROPUESTAS
- Evaluar a los funcionarios por metas cumplidas y verificables, no por su discurso ni por su cercanía al poder.
- Abrir la función pública al mérito mediante concursos transparentes que premien la capacidad sobre el apellido o la recomendación.
- Reconocer públicamente el buen desempeño en el servicio civil, para que cumplir el deber deje de ser invisible.
- Establecer evaluaciones de desempeño ciudadanas y accesibles sobre la gestión de autoridades electas.
- Fomentar en la educación la cultura del cumplimiento y la responsabilidad personal por encima del culto a la figura.