2609-28
La verdadera grandeza no se ocupa del primer puesto, sino del último ciudadano.
En la política peruana se disputa el poder como quien pelea un trono. La energía que debería ir al servicio se gasta en cálculos de precedencia, en quién manda más, quién sale primero en la foto, quién controla la caja. Esa obsesión por la jerarquía revela una idea equivocada del poder, entendido como propiedad y no como encargo, como privilegio y no como responsabilidad.
Pero existe otra vara para medir la grandeza, mucho más exigente. Es grande no quien ocupa el asiento más alto, sino quien mejor sirve al más pequeño. El poder decente se inclina hacia abajo, hacia el ciudadano sin voz, el pueblo sin carretera, la comunidad sin Estado. Todo lo demás -los honores, los cargos, la vanidad de mandar- es apenas escenografía de un servicio que muchas veces no ocurre.
La grandeza que se inclina
Hay una escena repetida en cada relevo de gobierno, la pelea por los espacios. Quién preside, quién firma, quién aparece. Se invierte más talento en repartir el poder que en ejercerlo bien. Y el ciudadano, que debería ser el centro, se convierte en espectador de una disputa ajena. El servidor público olvida la primera palabra de su título y se queda solo con la segunda.
Sin embargo, la historia recuerda con respeto no a los que más mandaron, sino a los que mejor sirvieron. El funcionario que resolvió, el alcalde que estuvo, el gobernante que se midió por lo que dejó y no por lo que ostentó. La grandeza en lo público no se declara, se demuestra inclinándose hacia el que menos tiene. El que sirve de verdad no necesita recordarle a nadie que manda.
Esto no es sentimentalismo, es una teoría del poder. Quien concibe el cargo como servicio construye legitimidad y dura; quien lo concibe como botín se desgasta y cae. El pueblo perdona muchos defectos, menos uno, que lo usen. Por eso la mejor definición de autoridad legítima es también la más incómoda; mandar es tener más gente a quien servir, no más gente a quien someter.
LA OTRA CARA
El sectarismo que estorba
Hay un vicio que arruina toda causa buena, el de creer que solo sirve el que es de los nuestros. Si alguien fuera de mi grupo hace el bien, el sectario prefiere impedírselo antes que reconocerlo. Le pesa más el color de la camiseta que el resultado. Y así, por celo de grupo, se sabotea lo que beneficiaría a todos.
Una república madura celebra el bien venga de donde venga. El que combate la extorsión, el que destraba una obra, el que sirve con honradez, merece apoyo aunque no milite en mi bando. El que no está contra el bien común está a su favor. El sectarismo que estorba al que hace lo correcto es, al final, cómplice del mal que dice combatir.
La vanidad del cargo
La vanidad es la enfermedad profesional del poder. Empieza con el gusto por el trato preferente y termina confundiendo el cargo con la persona. El vanidoso cree que el pueblo existe para aplaudirlo, cuando es él quien existe para servir al pueblo. Invierte los términos y ya no gobierna, se contempla.
El antídoto es sencillo y difícil, recordar todos los días que el cargo es prestado y el servicio es lo único propio. El que llega y se agranda revela que nunca entendió para qué estaba ahí. La humildad en el poder no es una pose moral, sino la condición para no perder el norte y no terminar sirviéndose a sí mismo.
AFORISMOS
- Mandar es tener más gente a quien servir, no más gente a quien someter. — JFT
- La grandeza en lo público se demuestra inclinándose, no encumbrándose. — JFT
- El que necesita recordarte que manda, ya dejó de servir. — JFT
- El sectario prefiere el fracaso propio a la victoria ajena. — JFT
- El cargo es prestado; el servicio es lo único que queda tuyo. — JFT
PROPUESTAS
- Reorientar la evaluación de autoridades hacia indicadores de servicio al ciudadano más vulnerable, no hacia obras de figuración.
- Reducir el protocolo y los privilegios del cargo público a lo estrictamente funcional, eliminando gastos de ostentación.
- Promover mecanismos de colaboración entre gestiones de distinto signo político cuando el objetivo es el bien común verificable.
- Reconocer y replicar públicamente las buenas prácticas de gestión sin importar la filiación partidaria de quien las logró.
- Establecer que todo alto funcionario dedique tiempo verificable a atención directa en territorio, especialmente en las zonas más olvidadas.