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2609-27 Hechos, no promesas

2609-27

Vale más el que rectifica y cumple que el que jura y no hace.

La política peruana vive intoxicada de palabras. Se promete con solemnidad, se firma con cámaras, se jura ante el país entero, y luego el compromiso se evapora sin costo ni vergüenza. Hemos convertido el anuncio en sustituto de la obra, la intención declarada en coartada de la inacción. Y así se erosiona lo más frágil de una república, la confianza en que la palabra empeñada significa algo.

Frente a ese teatro conviene recuperar una verdad antigua y severa. Lo que define a una persona pública no es lo que dice, sino lo que hace. Vale más quien empezó negándose y terminó cumpliendo, que quien prometió con entusiasmo y jamás movió un dedo. La coherencia no se mide en el momento del juramento, sino en la distancia entre lo prometido y lo ejecutado.

La distancia entre el decir y el hacer

Todos conocemos las dos figuras. Está el que llega, promete el cielo, abraza banderas, dice a todo que sí, y desaparece cuando toca cumplir. Y está el otro, menos vistoso, que quizá dudó, que quizá se resistió al principio, pero que al final puso el hombro y entregó resultados. La política del espectáculo premia al primero; la vida real depende del segundo.

El problema es que hemos aprendido a votar por la promesa y no por el historial. Nos seduce la palabra ardiente y desconfiamos del trabajo callado. Así se explica que se repita el mismo desencanto elección tras elección; elegimos al que mejor promete, no al que mejor cumple, y luego nos sorprende que no cumpla. El fraude empieza cuando la promesa reemplaza a la prueba.

Rectificar, además, no es debilidad, sino la más alta forma de honradez política. El que reconoce que erró y corrige el rumbo vale infinitamente más que el que se aferra a una promesa falsa por orgullo. Una sociedad madura no exige dirigentes perfectos; exige dirigentes que hagan lo que se comprometieron a hacer, y que tengan la hombría de enmendar cuando se equivocan.

LA OTRA CARA

El culto a la intención

Nos hemos vuelto indulgentes con la intención y severos con nada. Basta que alguien declare buenas intenciones para que le perdonemos la ausencia de obra. "Quiso hacerlo", "tenía la voluntad", "lo intentó", frases que absuelven al que no entrega. Pero al ciudadano que espera una carretera, una posta o seguridad, la intención no le sirve de nada.

La política seria se juzga por resultados verificables, no por declaraciones piadosas. El infierno de la gestión pública está empedrado de buenos propósitos incumplidos. Quien gobierna debe saber que será medido por lo que quede en pie cuando se vaya, no por lo que dijo el día que llegó.

El valor de enmendar

Existe un prejuicio peligroso, el de creer que cambiar de posición es traicionar. Y así condenamos a nuestros dirigentes a defender errores por miedo a parecer inconsistentes. Pero rectificar ante la evidencia no es voltear la chaqueta, sino respetar la realidad por encima del ego.

Debería honrarse al que dice "me equivoqué" y corrige, más que al que persiste en el error para no dar el brazo a torcer. Una república que castiga la enmienda condena a sus líderes a la terquedad. La coherencia verdadera no consiste en no cambiar nunca, sino en cumplir siempre con lo esencial, el bien común.

AFORISMOS

  1. La promesa es barata; el cumplimiento es lo único que cuesta. — JFT
  2. Vale más el que rectifica y hace que el que jura y olvida. — JFT
  3. Al ciudadano no lo alimenta la intención, sino la obra. — JFT
  4. Rectificar no es traicionar: es respetar la realidad. — JFT
  5. Juzga al político por la distancia entre lo que prometió y lo que dejó. — JFT

PROPUESTAS

  1. Crear un registro público y auditable de promesas de campaña con su grado de cumplimiento, actualizado y accesible a todo ciudadano.
  2. Obligar a que todo plan de gobierno incluya metas medibles, plazos y responsables, evaluables al final del mandato.
  3. Establecer rendiciones de cuentas periódicas donde la autoridad contraste lo prometido con lo efectivamente ejecutado.
  4. Premiar en la asignación de recursos a las gestiones que cumplen sus metas verificadas, no a las que más anuncian.
  5. Educar al elector con información comparada de trayectoria y cumplimiento, para votar por historial y no solo por discurso.