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2609-23 Ir sin equipaje

2609-23

El poder que se carga de privilegios ya no viaja para servir.

Toda misión pública empieza con una decisión sobre el equipaje. Se puede ir liviano, confiando en la gente a la que se va a servir, o se puede ir cargado de blindajes, escoltas, prebendas y comodidades que separan al gobernante de aquellos por quienes gobierna. El equipaje no es un detalle, sino una declaración de a quién se sirve.

Quien recibe un mandato recibe autoridad, no propiedad. La autoridad es para actuar y luego rendir cuentas; la propiedad, en cambio, se acumula y se defiende. El servidor auténtico entiende que el poder se le presta con una tarea concreta y un plazo cierto, y que cargarse de privilegios en el camino es la forma más segura de olvidar la tarea y estirar el plazo.

La austeridad como método

En el Perú hemos naturalizado lo contrario, el cargo como botín, la función como fuente de renta, el mandato como oportunidad de instalarse. El que llega liviano genera sospecha; el que se rodea de lujos parece, a los ojos de muchos, el que de verdad tiene poder. Hemos confundido la pompa con la eficacia y el boato con la autoridad.

Pero la austeridad no es una pose moral, sino un método de gobierno. El que va sin equipaje se ve obligado a confiar en la gente, a pisar el mismo suelo que ella, a depender de su hospitalidad y de su juicio. Esa dependencia lo mantiene atado a la realidad que debe atender. El que se blinda, en cambio, se desconecta y gobierna un país que solo conoce por informes.

Hay además una sabiduría en la instrucción de no ir de casa en casa, de no andar mendigando favores por todas partes. El servidor decente se compromete de manera estable, trabaja donde está y vive de lo que la función legítimamente le retribuye, sin peregrinar de mecenas en mecenas. Y cuando un lugar rechaza su servicio honesto, sigue camino sin resentimiento. Sacude el polvo y continúa, porque la misión no depende del aplauso.

LA OTRA CARA

La pobreza fingida

Cuidado, sin embargo, con la austeridad de vitrina, la del que se fotografía en auto humilde mientras acumula en la sombra, la del discurso franciscano que esconde una contabilidad opulenta. Esa falsa modestia es más corrosiva que el lujo abierto, porque engaña.

La austeridad verdadera no se exhibe, se comprueba en las cuentas. No se trata de teatralizar la pobreza, sino de no lucrar con el cargo. El pueblo peruano ya conoce demasiado bien al que predica sencillez y se enriquece, y aprendió a desconfiar del que hace de su humildad una campaña.

El servicio con dignidad

El otro extremo es el miserabilismo, esa idea de que servir al Estado debe condenar a la precariedad y que remunerar con dignidad la función pública es un despilfarro. Así se empuja a la gente honesta fuera del servicio y se deja el campo libre a quienes buscan compensarse por lo bajo.

Ir sin equipaje no significa ir sin medios, sino ir sin privilegios. El servidor merece una retribución justa y las herramientas para cumplir; lo que no merece es convertir el cargo en fuente de acumulación. La línea es clara. Sueldo digno, sí; botín, jamás.

AFORISMOS

  1. El poder se presta con una tarea y un plazo; el que lo acumula, lo roba. — JFT
  2. La austeridad no es una pose: es el método que ata al gobernante a la realidad. — JFT
  3. El que se blinda gobierna un país que solo conoce por informes. — JFT
  4. Peor que el lujo abierto es la humildad fingida, porque además engaña. — JFT
  5. Sueldo digno para el que sirve; botín para nadie. — JFT

PROPUESTAS

  1. Racionalizar y transparentar los gastos de representación, escoltas y comitivas de altos funcionarios, con publicación periódica.
  2. Establecer topes verificables y publicados para viáticos, vehículos y beneficios de la alta dirección pública.
  3. Exigir declaraciones juradas patrimoniales de entrada y salida, con verificación efectiva de la variación durante el mandato.
  4. Remunerar con dignidad y de forma transparente la función pública, cerrando la puerta a la compensación irregular.
  5. Evaluar la gestión por resultados en el territorio, no por la magnitud del aparato que rodea a la autoridad.