Ir al contenido

2609-20 El piso de todos

2609-20

La justicia no es dar lo mismo a todos, sino que a nadie le falte lo esencial.

Hay una tensión antigua en toda comunidad, la que existe entre lo que cada uno cree merecer y lo que la sociedad decide garantizar a todos. El que llegó primero y trabajó más siente que su esfuerzo lo distingue, y no le falta razón. Pero hay un umbral por debajo del cual ninguna vida humana debería caer, y sostener ese piso mínimo para todos no ofende al mérito, lo completa, porque el mérito solo tiene sentido sobre una base de dignidad compartida.

El problema no suele ser la escasez, sino la envidia; no me duele lo que a mí me falta, me duele lo que el otro recibe. Esa mirada, que mide la propia suerte por la desgracia ajena, corroe cualquier proyecto común. La justicia distributiva no consiste en igualar por abajo ni en premiar la pereza, sino en asegurar que el punto de partida no condene a nadie de antemano. Un país decente garantiza un piso; lo que cada quien construya encima es otra conversación.

El mínimo que nos hace nación

Toda sociedad decide, explícita o calladamente, cuál es el piso por debajo del cual no dejará caer a ninguno de los suyos. Ese piso —salud básica, educación, seguridad, un ingreso que permita vivir sin humillación— no es caridad ni regalo, es la condición que convierte a una masa de individuos en una nación. Donde no hay piso común, no hay comunidad; hay solo yuxtaposición de suertes desiguales que apenas comparten territorio.

El mérito es real y hay que honrarlo, porque quien se esfuerza más debe poder llegar más lejos. Pero el mérito presupone una línea de largada pareja, y en el Perú esa línea está torcida desde el nacimiento. El que nace sin escuela digna, sin salud, sin seguridad, no compite, solo sobrevive. Garantizar el piso no es castigar al que subió, es dejar de castigar al que ni siquiera pudo empezar. La igualdad de oportunidades es mentira sin un mínimo asegurado para todos.

Lo que envenena el debate no es la diferencia, sino la envidia y su espejo, el desprecio. El que tiene mira con recelo lo que se le da al que no tiene, como si la dignidad ajena le restara la propia. Pero un piso para todos no le quita nada al que ya está de pie, le da suelo firme a la casa entera. La generosidad institucional bien entendida no empobrece al fuerte; asegura que el débil deje de ser una amenaza latente para la paz de todos.

LA OTRA CARA

La trampa de la envidia

El resentimiento tiene una gramática peligrosa; no pide subir, pide que el otro baje. No reclama justicia para sí, reclama castigo para el que recibió. Esa pasión, halagada por demagogos, no construye igualdad, construye ruina compartida, porque prefiere que a todos les falte antes que a alguno le sobre.

Cuidado con el discurso que atiza esa herida. Convertir la envidia en política es fácil y rentable, pero deja tierra arrasada. La justicia distributiva sana cuando eleva el piso; enferma cuando se dedica a demoler el techo del vecino para que nadie destaque.

El falso mérito

Pero también hay que desconfiar del que invoca el mérito para justificar el privilegio. No todo el que llegó arriba lo hizo por esfuerzo; muchos partieron con ventajas heredadas y llaman mérito a lo que fue herencia. Ese relato disfraza la desigualdad de origen como si fuera premio a la virtud.

Reconocer el esfuerzo verdadero exige, primero, emparejar la largada. Solo cuando el piso está garantizado para todos puede hablarse honestamente de mérito. Antes de eso, celebrar al que ganó una carrera amañada no es defender el esfuerzo, es blanquear la injusticia.

AFORISMOS

  1. La justicia no es dar lo mismo a todos, sino que a nadie le falte lo esencial. — JFT
  2. La envidia no pide subir: pide que el otro baje. — JFT
  3. El mérito es mentira mientras la línea de largada siga torcida. — JFT
  4. Un piso para todos no le quita suelo al que está de pie: se lo asegura. — JFT
  5. Donde no hay mínimo compartido, no hay nación: hay suertes que apenas comparten mapa. — JFT

PROPUESTAS

  1. Garantizar un piso universal de salud, educación y seguridad como derecho exigible y no como asistencia discrecional.
  2. Igualar la línea de partida invirtiendo de manera prioritaria en la primera infancia y las zonas más rezagadas.
  3. Diseñar la política social para elevar el piso sin castigar el esfuerzo ni desincentivar el trabajo.
  4. Medir el éxito de la distribución por reducción efectiva de la pobreza, no por retórica ni por gasto ejecutado.
  5. Combatir tanto el privilegio heredado que se disfraza de mérito como el discurso que convierte la envidia en política.