2609-15
La dignidad no se mide en la victoria, sino en quién permanece de pie cuando todo se derrumba.
Hay una prueba que ninguna hora fácil ofrece, la de mantenerse en pie cuando todo alrededor se desmorona. Cuando llega el desastre, el fracaso o la derrota, la mayoría se retira; se van los que aplaudían, se esconden los que prometían lealtad. Y entonces se descubre quién estaba de verdad, los pocos que permanecen, en silencio, sosteniendo con su sola presencia lo que el poder abandonó. Esa permanencia firme en medio del dolor es una de las formas más altas de la dignidad cívica.
La política suele celebrar al triunfador y olvidar al que resiste. Pero las naciones no se sostienen en sus días de gloria; se sostienen en sus horas de caída, gracias a los que no huyen. Los que acompañan cuando ya no hay nada que ganar, los que cuidan la institución herida, los que velan por el bien común cuando ha dejado de ser rentable, esos son el fundamento silencioso sobre el que un pueblo vuelve a levantarse.
Los que se quedan
En toda crisis peruana hay un momento en que el escenario se vacía. Cae un gobierno, se hunde una gestión, estalla un escándalo, y de pronto los pasillos que estaban llenos quedan desiertos. Los oportunistas ya migraron al próximo poder; los aduladores buscan nuevo amo. Queda, casi siempre, un puñado de personas que no se mueven, no por cálculo, sino por decencia.
Esos que se quedan no suelen tener cámaras encima. Son el servidor que sigue haciendo bien su trabajo aunque el jefe cayó, el ciudadano que defiende una institución cuando ya no da réditos, el que acompaña una causa justa precisamente cuando parece perdida. Su fuerza no es el ruido, sino la permanencia. No gritan; sostienen. Y en ese sostener callado hay más patria que en mil discursos de victoria.
La dignidad, a diferencia del éxito, no depende de las circunstancias. Se puede perder todo —el cargo, la fama, la causa— y conservarla intacta; y se puede tenerlo todo y haberla vendido hace tiempo. Un pueblo aprende a reconocer a los suyos no por cómo se comportan cuando ganan, sino por cómo permanecen cuando pierden. La firmeza en el dolor no es resignación, sino la prueba de que hay algo que no se negocia.
LA OTRA CARA
Los que huyen
El reverso de esta virtud es la deserción. La política peruana conoce demasiado bien a los que están mientras hay reparto y desaparecen cuando llega la factura. Juraron lealtad en la abundancia y se evaporaron en la escasez. Su presencia era interés; su ausencia, revelación.
No hay traición más elocuente que la del que se va cuando se le necesita. Y sin embargo, esa huida cumple una función involuntaria, pues separa el grano de la paja, muestra quién era compañía y quién era conveniencia. El que se queda, aunque duela, siempre vale más que la multitud que se fue.
La firmeza no es terquedad
Permanecer no significa aferrarse a lo insostenible ni acompañar el error hasta el abismo. Hay una firmeza que es lucidez y otra que es ceguera. La dignidad de quedarse honra a las personas y a los principios, no a las causas ya desmentidas por los hechos.
Saber distinguir cuándo la permanencia es lealtad y cuándo es complicidad es una forma de sabiduría política. Se acompaña a quien sufre con justicia, no a quien se hunde por su propia culpa arrastrando a los demás. La firmeza noble sostiene lo que merece sostenerse; la terquedad, en cambio, defiende lo indefendible y lo llama fidelidad.
AFORISMOS
- La dignidad no se mide cuando se gana, sino cuando se pierde y aún se está de pie. — JFT
- Los que se quedan cuando ya no hay nada que ganar son el cimiento de toda patria. — JFT
- No hay traición más clara que ausentarse cuando más se necesita. — JFT
- Permanecer con quien sufre con justicia es lealtad; con quien se hunde por su culpa, complicidad. — JFT
- Se puede perderlo todo y conservar la dignidad; se puede tenerlo todo y haberla vendido. — JFT
PROPUESTAS
- Reconocer y proteger la estabilidad de los servidores públicos íntegros que sostienen las instituciones durante las crisis y los cambios de gobierno.
- Amparar legalmente a quienes defienden el interés público en momentos de presión, para que la firmeza no se pague con represalias.
- Institucionalizar la continuidad del Estado de modo que la caída de una autoridad no paralice los servicios esenciales para la gente.
- Valorar la trayectoria de coherencia y permanencia en la evaluación de quienes aspiran a cargos de responsabilidad pública.
- Distinguir con criterios claros la lealtad institucional legítima de la complicidad con la falta, para no premiar ni castigar por igual.