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2609-06 Corregir sin destruir

2609-06

Una comunidad se conoce por cómo trata a los suyos cuando fallan.

Toda institución vive un momento de verdad cuando uno de los suyos falla. Ahí se decide su carácter. Puede encubrir para no perder la cara, destruir para escarmentar o corregir para reconstruir. Las tres reacciones parecen firmeza, pero solo la última es justicia. El encubrimiento pudre por dentro; la destrucción quema la casa entera por castigar una habitación.

Corregir a los propios es la tarea más incómoda de la vida pública, y por eso la más evitada. Es más fácil indignarse con el adversario que exigirle al aliado. Pero una comunidad política que no sabe llamar al orden a los suyos termina siendo cómplice de ellos, y esa complicidad se cobra tarde o temprano en la confianza del pueblo, que no perdona la doble vara.

La gradualidad como forma de la justicia

Hay una sabiduría antigua en corregir por grados. Primero, la conversación reservada, hablar de frente con quien se desvió, sin humillarlo ante la galería, buscando entender antes que condenar. Muchas faltas se corrigen ahí, en privado, y quien acierta a hacerlo gana a una persona en lugar de fabricar un enemigo. La discreción no es encubrimiento, sino dar la oportunidad de rectificar sin destruir la dignidad.

Cuando la palabra a solas no basta, se convoca a testigos, se documenta, se pone el asunto ante quienes pueden dar fe. Y solo si todo eso fracasa, el caso pasa a la comunidad entera. Esta escalera —privado, testigos, institución— no es burocracia, sino la diferencia entre justicia y linchamiento. El atajo del escándalo inmediato se siente potente, pero suele destruir al inocente junto al culpable y dejar a la institución sin autoridad moral para el siguiente caso.

El Perú confunde a menudo severidad con espectáculo. Exigimos cabezas antes que pruebas y perdonamos en silencio a los cercanos. Pero la corrección seria no es ni la venganza ni el olvido, sino el trabajo paciente de restituir una norma sin aniquilar a quien la rompió. Una república madura sabe sancionar sin odiar y perdonar sin encubrir.

LA OTRA CARA

El garantismo de los cómplices

Cuidado, sin embargo, con quienes invocan la gradualidad y el debido proceso solo para ganar tiempo y diluir la falta. El mismo procedimiento que protege al inocente puede ser secuestrado por el culpable poderoso, que exige para sí infinitas oportunidades de rectificar mientras destruye pruebas y compra silencios.

La corrección fraterna es para el que puede rectificar, no para el que hizo del daño su modo de vivir. Confundir la paciencia con la impunidad es la trampa favorita de las argollas, que convierten la prudencia en parálisis y la reserva en encubrimiento.

El precio de callar a tiempo

Existe también el pecado de no corregir. El que ve la falta del aliado y calla por conveniencia no es neutral, sino socio silencioso. Cada corrección postergada crece, y lo que pudo resolverse con una conversación termina exigiendo una crisis.

Las instituciones no mueren de golpe; mueren de tolerancias acumuladas. El que se atreve a decirle a los suyos «esto está mal» hace más por la comunidad que mil discursos contra el enemigo externo.

AFORISMOS

  1. La institución que no corrige a los suyos termina defendiéndolos. — JFT
  2. Encubrir es corromper en silencio; destruir es corromper con ruido. — JFT
  3. Quien calla la falta del aliado ya es su cómplice. — JFT
  4. Corregir de frente es respeto; delatar por la espalda es venganza. — JFT
  5. La justicia madura sanciona sin odiar y perdona sin encubrir. — JFT

PROPUESTAS

  1. Establecer en los partidos y entidades públicas procedimientos internos de denuncia con plazos, reserva de identidad y consecuencias reales, no comités decorativos.
  2. Aplicar la misma vara al propio y al ajeno: publicar los casos internos sancionados como prueba de coherencia, no solo los del adversario.
  3. Proteger al que denuncia dentro de su propia organización con la misma fuerza con que se protege al que denuncia hacia afuera.
  4. Diferenciar por norma la falta rectificable de la conducta dolosa reiterada, para que el debido proceso no se convierta en escudo de impunidad.
  5. Documentar toda corrección en registros verificables, de modo que la sanción resista la revisión y no dependa del humor del momento.