Ir al contenido

2609-04 Vino nuevo

2609-04

Ninguna reforma verdadera cabe en las estructuras que vino a corregir.

Toda renovación política enfrenta la misma trampa, la de querer meter lo nuevo dentro de lo viejo. Se anuncian cambios profundos, pero se los confía a las mismas instituciones, a los mismos hábitos, a la misma gente que produjo el problema. El resultado es previsible. O la vieja estructura ahoga la novedad, o la novedad revienta la estructura y se derrama sin dar fruto. Remendar no es reformar.

Hay una diferencia entre restaurar y renovar. Restaurar es devolver las cosas a como estaban, con otro nombre. Renovar es tener el coraje de crear el recipiente adecuado para lo que se quiere lograr. El que promete transformación pero conserva intactos los mecanismos que la impiden, no está reformando, sino administrando la frustración con lenguaje esperanzador.

— El coraje de cambiar el recipiente

El Perú tiene una larga colección de reformas que fracasaron no por malas ideas, sino por haberse confiado al aparato equivocado. Se quiso modernizar el Estado con la misma burocracia que lucra con la traba; se quiso combatir la corrupción con las mismas estructuras capturadas; se quiso descentralizar poniendo dinero nuevo en manos de las viejas clientelas. El vino nuevo reventó los odres viejos, y lo perdimos casi todo.

La lección es dura pero clara. Cierta novedad exige estructuras nuevas para no perderse. No se puede pedir integridad a un sistema diseñado para el favor, ni eficiencia a un procedimiento pensado para el trámite eterno. Cuando la reforma es real, hay que rediseñar el procedimiento, no solo cambiar al funcionario; hay que rehacer la regla, no solo predicar contra su abuso. El envase importa tanto como el contenido.

Esto no es desprecio por lo antiguo. Hay instituciones probadas que deben cuidarse, y no toda tradición es un lastre. El punto es no engañarse. Cuando lo que se busca no cabe en lo que existe, insistir en el remiendo es una forma elegante de conservar el problema. El reformista serio distingue lo que conviene preservar de lo que hay que reconstruir, y tiene el coraje de reconstruirlo aunque incomode a los que vivían del molde viejo.

LA OTRA CARA

— El remiendo que agrava el desgarro

Cuidado con la reforma cosmética. Cambiar el nombre de un organismo, sumarle una oficina o repetir una ley que ya se incumplía no corrige nada, solo añade una capa de apariencia sobre el mismo defecto. Peor aún, el remiendo nuevo sobre la tela vieja termina rasgándola más, porque genera expectativas que la vieja estructura no puede sostener.

El ciudadano nota el engaño. Cada reforma anunciada y frustrada erosiona un poco más la confianza, hasta que la palabra 'cambio' deja de significar algo. El costo de las falsas reformas no es solo el fracaso presente, sino el escepticismo que hace más difícil la reforma verdadera del futuro.

— Lo viejo que sí merece cuidarse

Renovar no es demoler por moda. Existe una tentación opuesta e igual de peligrosa, la del que desprecia todo lo existente y quiere refundarlo cada mañana, dinamitando instituciones que costaron generaciones construir. La novedad sin criterio también destruye.

La sabiduría política está en discernir. Hay odres viejos que deben reemplazarse porque ya no contienen nada vivo, y hay vino añejo que merece respeto. Reconstruir lo que estorba y conservar lo que sostiene. En ese equilibrio, y no en el fanatismo de lo nuevo ni en la comodidad de lo viejo, se juega la seriedad de un reformador.

AFORISMOS

  1. Remendar no es reformar: es conservar el problema con lenguaje de esperanza. — JFT
  2. No se puede pedir integridad a un sistema diseñado para el favor. — JFT
  3. El envase importa tanto como el contenido: cierta novedad exige un recipiente nuevo. — JFT
  4. Cada reforma frustrada le quita una letra a la palabra cambio. — JFT
  5. Reconstruir lo que estorba y conservar lo que sostiene: ahí se mide al reformador. — JFT

PROPUESTAS

  1. Rediseñar los procedimientos y no solo cambiar a los funcionarios cuando una entidad falla de manera estructural.
  2. Someter cada reforma a una evaluación de diseño que verifique si las instituciones encargadas pueden realmente ejecutarla.
  3. Evitar las reformas meramente nominales, midiendo su éxito por resultados verificables y no por el anuncio.
  4. Blindar a las instituciones probadas que funcionan, distinguiéndolas de las estructuras capturadas que deben rehacerse.
  5. Acompañar toda transferencia de recursos con la creación de capacidades de gestión y control acordes a la nueva tarea.