Ir al contenido

2608-31 Programa para todos

2608-31

Un gobierno se define por a quién decide no dejar afuera.

Todo gobierno tiene un programa, aunque no lo escriba: se lee en a quién atiende primero y a quién deja para el final. El programa justo se reconoce por su punto de partida: los que menos tienen, los que nadie mira, los que han sido empujados al margen. No como gesto de caridad, sino como reparación de un derecho negado. Gobernar es, antes que nada, decidir que nadie quede fuera de lo esencial.

Hay una prueba severa para todo proyecto político: si al ampliar los derechos incluye o excluye. El poder mezquino reparte solo entre los suyos y llama orden a la exclusión de los demás. El poder decente entiende que la comunidad se mide por su último miembro, no por sus privilegiados. Y suele pagar un precio por ello: quien propone incluir a los excluidos incomoda a los que se beneficiaban de excluirlos.

El proyecto que no deja a nadie afuera

En el Perú, la exclusión no es un accidente: es un patrón. Territorios enteros sin servicios básicos, ciudadanos que tramitan de rodillas lo que es su derecho, poblaciones que aparecen en el discurso pero no en el presupuesto. Un programa de gobierno serio se juzga por su capacidad de revertir eso, de convertir a los invisibles en sujetos plenos de derechos y no en clientela de temporada electoral.

Incluir cuesta y por eso se evita. Requiere llevar el Estado adonde nunca llegó, redistribuir oportunidades que alguien monopolizaba, corregir privilegios que se creían eternos. El reformador que anuncia ese camino descubre pronto que la resistencia más dura no viene de los pobres a quienes quiere ayudar, sino de los cómodos a quienes incomoda su propuesta. Proponer justicia para todos ofende a quienes vivían de que no la hubiera.

Y hay una ingratitud típica del poder: al que propone lo nuevo se le juzga por su origen y no por su idea. Se le dice que de dónde sale, quién se cree, por qué pretende cambiar lo que siempre fue así. Es la vieja táctica de descalificar al mensajero para no discutir el mensaje. Pero un programa que incluye a los excluidos no necesita defender su linaje: le basta con la justicia de lo que propone y con la firmeza de sostenerlo pese al rechazo de los acomodados.

LA OTRA CARA

La clientela no es inclusión

Cuidado con confundir incluir con comprar. El asistencialismo que reparte favores a cambio de lealtad no integra a nadie: perpetúa la dependencia y trata al ciudadano como votante cautivo. La verdadera inclusión da derechos y capacidades, no dádivas condicionadas al aplauso.

Un programa justo busca que la gente deje de necesitar al que reparte, no que dependa eternamente de él. Empodera en vez de subordinar. La diferencia se nota en un detalle: la clientela agradece de rodillas; el ciudadano incluido exige de pie.

El reformador incómodo

Quien plantea un cambio profundo casi siempre es rechazado primero por los suyos, por los cercanos que preferían el statu quo. Se descalifica su origen, se cuestiona su autoridad, se le recuerda de dónde viene para no atender lo que dice. Es más fácil atacar a la persona que responder a la propuesta.

Pero las ideas justas resisten esa descalificación. Un programa que incluye a los olvidados no se sostiene por el prestigio de quien lo enuncia, sino por su verdad. Y esa verdad, aunque hoy sea expulsada de la sala, suele volver mañana convertida en sentido común.

AFORISMOS

  1. Un gobierno se define por a quién decide no dejar afuera. — JFT
  2. Incluir a los excluidos ofende a quienes vivían de excluirlos. — JFT
  3. La clientela agradece de rodillas; el ciudadano incluido exige de pie. — JFT
  4. Descalificar al que propone es la excusa del que no quiere discutir la propuesta. — JFT
  5. La comunidad se mide por su último miembro, no por sus privilegiados. — JFT

PROPUESTAS

  1. Diseñar el presupuesto público con criterio de cierre de brechas, priorizando a los territorios y poblaciones históricamente excluidos de los servicios básicos.
  2. Transformar los programas sociales en instrumentos de derechos y capacidades, evitando su uso clientelar y su condicionamiento político.
  3. Llevar el Estado y sus servicios esenciales a las zonas donde nunca llegó, con metas verificables de cobertura y calidad.
  4. Simplificar los trámites para que ejercer un derecho no dependa de contactos, tiempo o dinero que los más pobres no tienen.
  5. Medir el éxito de una gestión por la reducción real de la exclusión, no por el volumen de dádivas repartidas.