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Quien solo busca salvar su imagen termina perdiendo el rumbo que debía servir.
Hay dos maneras de ejercer el poder. Una busca la foto: el aplauso inmediato, la aprobación que no cuesta, la decisión que no incomoda a nadie porque no resuelve nada. La otra asume el costo: enfrenta lo difícil, paga el precio impopular de lo correcto y acepta perder respaldo hoy para no traicionar el rumbo mañana. La primera cuida su vida política; la segunda la arriesga por servir.
El liderazgo verdadero se reconoce en su disposición a perder. A perder popularidad cuando hay que decir una verdad incómoda, a perder aliados cuando hay que cortar un privilegio, a perder la reelección antes que la dignidad. Quien gobierna aferrado a conservarlo todo termina sin conservar lo único que importaba: el sentido de su mandato. El que se atreve a perder por la causa correcta es el que finalmente deja algo que perdura.
El precio de un camino que vale la pena
Toda reforma seria tiene enemigos poderosos y beneficiarios dispersos. Los que pierden un privilegio se organizan de inmediato; los que ganarán con la reforma todavía no lo saben. Por eso el gobernante que solo calcula su conveniencia inmediata jamás reforma nada: prefiere administrar el malestar antes que pagar el costo de resolverlo. Elige la comodidad del corto plazo y hipoteca el futuro que no le tocará gobernar.
Asumir costos es la esencia del servicio público. Significa tomar la decisión correcta aunque no rinda votos, sostenerla bajo la presión y explicarla con la cara, no esconderse detrás de encuestas. El que gobierna para la foto administra apariencias; el que gobierna con costo transforma realidades, aunque el reconocimiento llegue tarde o no llegue nunca a él.
Hay una paradoja que la política peruana suele olvidar: quien se aferra a su cargo por encima de su deber suele perder ambos, y quien está dispuesto a soltar el cargo por cumplir el deber suele dejar una huella que lo sobrevive. El poder que solo se cuida a sí mismo se marchita en su propia prudencia. El que se gasta por una causa justa encuentra el único prestigio que no se compra ni se hereda.
LA OTRA CARA
La trampa de la foto
Gobernar para la imagen es adictivo: ofrece recompensa inmediata y castigo diferido. Cada inauguración sin obra real, cada anuncio sin ejecución, cada gesto sin contenido produce un aplauso hoy y una deuda mañana. El líder que se acostumbra a ese aplauso deja de tolerar la impopularidad necesaria.
Pero la ciudadanía madura termina distinguiendo el gesto de la gestión. Tarde o temprano pregunta qué cambió en su vida concreta, no cuántas ceremonias hubo. Y ahí la política de la foto revela su vacío: mucho ruido, ninguna transformación que resista el paso del tiempo.
La renuncia que engrandece
Existe una forma de poder que consiste en saber renunciar: al privilegio, al blindaje, incluso al cargo cuando el deber lo exige. Esa renuncia no es derrota, es la prueba máxima de que se servía a la causa y no a uno mismo. Cuesta, y por eso escasea.
El servidor que antepone el bien común a su permanencia demuestra la única autoridad que no se impone: la moral. Se puede destituir a un funcionario, pero no se puede quitar el respeto a quien estuvo dispuesto a perderlo todo por hacer lo correcto.
AFORISMOS
- Gobernar para la foto es administrar apariencias; gobernar con costo es transformar realidades. — JFT
- Quien se aferra al cargo por encima del deber suele perder ambos. — JFT
- El liderazgo verdadero se mide por lo que está dispuesto a perder. — JFT
- La renuncia oportuna no es derrota: es la prueba de que se servía a la causa. — JFT
- El poder que solo se cuida a sí mismo se marchita en su propia prudencia. — JFT
PROPUESTAS
- Priorizar reformas estructurales de mediano y largo plazo aunque no ofrezcan réditos electorales inmediatos, con metas verificables más allá de un periodo.
- Evaluar la gestión pública por resultados concretos en la vida de las personas y no por la cantidad de actos inaugurales o anuncios.
- Institucionalizar la rendición de cuentas de fin de mandato mostrando lo ejecutado frente a lo prometido, con evidencia comparable.
- Proteger a los funcionarios que toman decisiones técnicas correctas e impopulares frente a presiones de intereses afectados.
- Promover una cultura política que valore la coherencia y la disposición a asumir costos por encima de la búsqueda de aprobación inmediata.