2608-22
El poder se juzga por lo que hace, no por lo que promete.
Hay una distancia que define a los pueblos: la que separa lo que sus dirigentes proclaman de lo que realmente ejecutan. En esa grieta se cuela toda la desconfianza ciudadana. Quien habla de austeridad y vive del privilegio, quien exige sacrificios que no comparte, quien impone al ciudadano cargas que él jamás cargaría, gobierna contra la coherencia que dice defender.
La autoridad legítima no se mide por los títulos que reclama ni por los honores que exige, sino por los actos que la respaldan. El servidor público que busca el primer asiento, el saludo reverente y la distancia con los suyos ha invertido el sentido del mandato: cree que el pueblo existe para servirlo, cuando es él quien fue puesto para servir.
La coherencia como forma de respeto
Existe un vicio que atraviesa nuestra historia republicana: el de las autoridades que dictan normas que no cumplen, que predican una moral que no practican, que exigen a los demás lo que se dispensan a sí mismas. El ciudadano lo percibe con claridad y responde con la única moneda que le queda: el desprecio silencioso hacia quien manda sin autoridad moral.
El poder que impone reglas pesadas y se reserva las excepciones no construye orden, construye resentimiento. Cada vez que una autoridad se coloca por encima de la ley que promulga, enseña al ciudadano que la ley es un instrumento de los débiles y una formalidad para los fuertes. Así se erosiona, gesto a gesto, el contrato que sostiene la vida en común.
El verdadero liderazgo se reconoce en lo contrario: en quien carga primero el peso que pide cargar, en quien renuncia al privilegio antes de exigir sacrificio, en quien entiende que la grandeza en el servicio público consiste en desaparecer detrás de la obra. El que se engrandece a costa del cargo, tarde o temprano, es empequeñecido por él.
LA OTRA CARA
El culto a las apariencias
Cuidado con el dirigente que administra su imagen con más esmero que sus responsabilidades. Hay quienes convierten la política en una ceremonia permanente de sí mismos: inauguraciones sin obra, anuncios sin ejecución, discursos calibrados para la fotografía y no para el resultado.
La apariencia bien cuidada es el disfraz más común de la incompetencia. Cuando el gesto reemplaza a la gestión, el ciudadano recibe teatro donde esperaba servicio. Y ninguna escenografía, por costosa que sea, alimenta a quien tiene hambre ni protege a quien vive con miedo.
La jerarquía que sirve
Toda comunidad necesita autoridad, pero no toda autoridad merece obediencia. La distinción está en su propósito: hay jerarquías que existen para servir y jerarquías que existen para servirse. La primera dignifica al que manda y al que obedece; la segunda degrada a ambos.
Una república sana no elimina la autoridad, la reorienta: la pone al servicio del más débil y no del más poderoso. Donde el que dirige entiende que su función es un encargo y no un trono, la política deja de ser conquista y vuelve a ser oficio.
AFORISMOS
- El que exige sacrificios que no comparte, no manda: abusa. — JFT
- La autoridad sin coherencia es un cargo sin peso. — JFT
- Gobernar es cargar primero el fardo que se pide cargar. — JFT
- Ningún título reemplaza a un acto; ninguna pose, a un resultado. — JFT
- El que se engrandece con el cargo será empequeñecido por él. — JFT
PROPUESTAS
- Someter a toda alta autoridad a las mismas reglas de austeridad, transparencia y rendición de cuentas que impone al resto del Estado.
- Publicar indicadores verificables de ejecución —no de anuncios— para cada promesa de gestión, con seguimiento ciudadano abierto.
- Eliminar privilegios protocolares y gastos suntuarios que separan al funcionario del ciudadano al que sirve.
- Condicionar la evaluación de cada funcionario a la coherencia entre lo prometido y lo cumplido, medida con datos.
- Reforzar los mecanismos que sancionan el uso del cargo para beneficio personal o de imagen, con consecuencias reales.