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2608-21 El principio único

2608-21

Un Estado que necesita mil reglas para hacer el bien ya perdió de vista cuál era.

Cuando las normas se multiplican sin cesar, no suele ser señal de rigor, sino de que se olvidó el principio que las justificaba. Un país puede tener miles de disposiciones y, aun así, no saber para qué existen. La acumulación de reglas termina reemplazando al criterio, y el trámite ocupa el lugar del propósito.

Toda buena gestión pública consiste en volver a lo esencial: reducir la maraña a un principio claro que ordene lo demás. No se trata de tener menos ley por comodidad, sino de recordar que la ley existe para servir a la persona, y no la persona para servir a la ley. Simplificar es un acto de inteligencia moral, no solo administrativa.

La maraña que ahoga el propósito

El ciudadano peruano conoce bien la selva de requisitos: papeles que se piden para pedir otros papeles, ventanillas que remiten a ventanillas, normas que se contradicen entre sí. Nadie recuerda ya por qué existe cada exigencia; solo se sabe que hay que cumplirla. Es el triunfo de la forma sobre el fin, del expediente sobre el bien que debía proteger.

Esa proliferación no es neutral. Cada trámite superfluo es una puerta para la coima, un obstáculo para el pequeño y una ventaja para el que puede pagar quien se lo resuelva. La complejidad casi nunca es inocente: suele beneficiar a alguien. Detrás de cada laberinto administrativo hay, con frecuencia, un interés que prefiere que el ciudadano se pierda.

Reducir todo a su principio esencial es la reforma más difícil, porque desarma esos intereses. Exige preguntar de cada norma una sola cosa: a quién sirve. La que sirve a la persona, se conserva y se aclara; la que solo sirve al que la administra, se elimina. Gobernar bien no es agregar reglas, sino recordar para qué estaban hechas.

LA OTRA CARA

La complejidad como negocio

Hay quienes viven de que el sistema sea incomprensible. El intermediario que cobra por explicar lo que el Estado debería decir con claridad, el funcionario que administra la demora como si fuera un bien escaso, prosperan en la confusión. Simplificar los amenaza directamente.

Por eso toda simplificación real encuentra resistencia. No la de los ciudadanos, que la agradecen, sino la de quienes lucraban con el enredo. La claridad es enemiga de la extorsión administrativa, y la extorsión sabe defenderse.

Simplificar no es abandonar

Reducir a lo esencial no significa dejar sin reglas al que las necesita ni bajar la guardia frente al abuso. Un principio claro puede ser más exigente que mil normas dispersas, porque no deja resquicios donde esconderse. La simplicidad bien entendida concentra el control, no lo disuelve.

El objetivo no es un Estado sin normas, sino un Estado con criterio: pocas reglas, entendibles, orientadas a un fin reconocible. Cuando el ciudadano comprende para qué existe una exigencia, la cumple mejor y la respeta más. La ley que se entiende se obedece; la que se padece, se evade.

AFORISMOS

  1. Un Estado que necesita mil reglas para hacer el bien ya olvidó cuál era. — JFT
  2. La complejidad casi nunca es inocente: siempre beneficia a alguien. — JFT
  3. La claridad es enemiga natural de la extorsión administrativa. — JFT
  4. La ley que se entiende se obedece; la que se padece, se evade. — JFT
  5. Simplificar no es tener menos reglas, sino recordar para qué estaban. — JFT

PROPUESTAS

  1. Someter cada norma y trámite a una prueba única: a quién sirve; eliminar todo requisito que no proteja a la persona.
  2. Consolidar procedimientos dispersos en principios claros y ventanillas únicas, reduciendo la casuística que habilita la corrupción.
  3. Aplicar el silencio administrativo positivo de forma amplia y verificable, para que la demora deje de ser un negocio.
  4. Publicar en lenguaje sencillo el propósito de cada exigencia estatal, de modo que el ciudadano entienda por qué debe cumplirla.
  5. Auditar periódicamente el acervo normativo para derogar reglas obsoletas, redundantes o contradictorias.