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2608-20 La mesa común

2608-20

La República es una mesa a la que todos están invitados y a la que nadie puede sentarse de cualquier modo.

Toda comunidad política es, en el fondo, una invitación. Se convoca a los ciudadanos a construir algo que a ninguno le pertenece del todo y que a todos sostiene. El problema empieza cuando los primeros convocados desprecian la convocatoria: prefieren su campo, su negocio, su interés inmediato, antes que el proyecto compartido.

Cuando las élites llamadas a servir le dan la espalda al bien común, la mesa no se cancela: se abre. La convocatoria se extiende a los que nadie esperaba, a los que estaban al margen del poder. Pero ampliar la invitación no significa que todo valga adentro. Entrar a la vida pública exige una coherencia mínima; sentarse a la mesa común no autoriza a ensuciarla.

Los que desprecian la convocatoria

Hay un desdén que precede a toda decadencia: el de los privilegiados que consideran la cosa pública un estorbo para sus asuntos privados. Se los llama a construir república y responden que tienen negocios que atender. Ese desinterés de los que más tienen es el primer síntoma de una nación que se está quedando sin proyecto.

Al vacío que dejan los indiferentes llega, tarde o temprano, otra gente: la que estaba fuera del reparto, la que nunca fue convidada a las decisiones. Esa apertura es sana y necesaria; una república se renueva cuando deja de ser coto cerrado. Los cruces de caminos siempre tienen más talento del que el poder reconoce.

Pero la mesa común tiene una exigencia que no distingue orígenes: la de la coherencia. No basta con entrar; hay que entrar dispuesto a honrar el sitio. El que se sienta a la vida pública para servirse de ella, con las manos sucias y sin respeto por los demás, traiciona la invitación tanto como el que la despreció desde afuera. La inclusión abre la puerta; la integridad sostiene la casa.

LA OTRA CARA

El desprecio de los saciados

Los que ya lo tienen todo suelen ser los primeros en desertar del proyecto común. No los mueve la maldad, sino la comodidad: para qué arriesgar en lo público lo que ya está asegurado en lo privado. Y sin embargo, cuando la República se debilita, son los primeros en reclamar el orden que no ayudaron a construir.

Esa deserción tiene un costo que se paga en colectivo. Cuando los más capaces se retiran a cuidar lo suyo, la vida pública queda en manos de quien la ve como botín. La indiferencia de los buenos siempre financia la audacia de los peores.

Inclusión no es impunidad

Abrir la política a los que estaban afuera es un acto de justicia, pero no puede confundirse con abrir la puerta a cualquier conducta. Incluir es sumar ciudadanos, no blanquear atropellos. El que entra debe entrar a servir, no a saquear con nuevo nombre.

Una República madura sostiene a la vez dos principios que los extremos quieren separar: la puerta ancha y la vara firme. Recibe a todos y exige a todos lo mismo. Sin la primera, se vuelve casta; sin la segunda, se vuelve caos.

AFORISMOS

  1. La República es una mesa común: nadie es dueño y todos la sostienen. — JFT
  2. La indiferencia de los buenos financia la audacia de los peores. — JFT
  3. Incluir es sumar ciudadanos, no blanquear atropellos. — JFT
  4. Sin puerta ancha, la política es casta; sin vara firme, es caos. — JFT
  5. El que desprecia lo público termina reclamando el orden que no construyó. — JFT

PROPUESTAS

  1. Ampliar la participación política real de sectores históricamente excluidos, con reglas claras y competencia abierta.
  2. Exigir estándares de integridad verificables a todo aspirante a cargo público, sin importar su origen social o partidario.
  3. Sancionar con la misma vara al recién llegado y al establecido que usen el cargo para servirse en lugar de servir.
  4. Fomentar la vocación de servicio en las élites profesionales, revirtiendo la deserción de los más capaces de lo público.
  5. Fortalecer los filtros de idoneidad y hoja de vida para que la inclusión no se convierta en impunidad.