2608-18
El que sirve esperando su recompensa todavía no ha empezado a servir.
Hay una distancia enorme entre cumplir por conveniencia y servir por convicción. El primero calcula: mide cada esfuerzo por lo que espera recibir. El segundo actúa porque entiende que hay tareas que valen por sí mismas. Toda vida pública decente se juega en esa diferencia, difícil de fingir y fácil de delatar.
El poder acostumbra a razonar como comerciante de favores: da para recibir, apoya para cobrar, entrega para acumular crédito. Pero el servicio auténtico rompe esa contabilidad. No niega la justicia; niega el chantaje. Y advierte una verdad incómoda: los primeros en la fila del privilegio suelen ser los últimos en la del mérito real.
La aritmética del que da esperando
En nuestra política abunda el que abandonó cosas por una causa y enseguida pregunta qué le toca a cambio. El gesto puede ser generoso, pero la mentalidad sigue siendo mercantil: se renuncia a algo como quien deposita, y luego se exige el interés. Se cambia una posesión por una expectativa.
El problema es que quien sirve calculando nunca queda satisfecho. Siempre habrá otro que recibió más, un reconocimiento que llegó tarde, un cargo que fue para el de al lado. Esa insatisfacción crónica corroe a los cuadros más brillantes y convierte la vocación en resentimiento administrado.
El servicio verdadero, en cambio, no lleva libro de cuentas. No porque desprecie la justicia —la exige para todos—, sino porque no condiciona su entrega a la recompensa. Y hay una paradoja que el poder olvida: los últimos, los que sirvieron sin figurar, suelen sostener lo que los primeros solo administraron.
LA OTRA CARA
El cargo como aduana
Cuando el que llega arriba trata su posición como una aduana donde todo el que pasa debe pagar, ya dejó de servir al país para servirse de él. La función pública no es un peaje; es un mandato. Y el mandato no se cobra: se honra.
Ese hábito de convertir cada decisión en oportunidad de cobro es el origen silencioso de la captura del Estado. No siempre es dinero: a veces es lealtad forzada, gratitud comprada, deuda personal. El resultado es el mismo: instituciones que responden a quien paga y no a quien las necesita.
Los últimos que sostienen
Hay una jerarquía visible —la de los cargos, los honores, los primeros lugares— y otra invisible, la de quienes hacen funcionar lo que otros presiden. El servidor anónimo, el técnico honesto, el ciudadano que cumple sin cámara: esos son los que realmente sostienen la República.
Toda comunidad decente termina invirtiendo la escala del privilegio. Reconoce que muchos primeros lo son solo por posición, y muchos últimos lo son solo por injusticia. Gobernar bien es empezar a corregir esa inversión, no perpetuarla.
AFORISMOS
- El que sirve esperando premio todavía no ha empezado a servir. — JFT
- El cargo que se cobra deja de ser servicio y se vuelve aduana. — JFT
- La recompensa calculada convierte la vocación en resentimiento. — JFT
- Muchos primeros lo son por posición; muchos últimos, por injusticia. — JFT
- Quien sostiene sin figurar vale más que quien preside sin servir. — JFT
PROPUESTAS
- Prohibir y sancionar de forma efectiva el condicionamiento de trámites, licencias o decisiones a favores o contraprestaciones personales.
- Reconocer y proteger la carrera de los servidores técnicos honestos frente a la rotación política que premia la lealtad sobre el mérito.
- Auditar los nombramientos de confianza para verificar que respondan a idoneidad y no al pago de deudas políticas.
- Fortalecer los canales de denuncia interna contra el uso del cargo como mecanismo de cobro, con reserva de identidad.
- Medir a cada autoridad por los resultados entregados a los últimos de la fila, no por los favores devueltos a los primeros.