Ir al contenido

2608-15 Ponerse en camino

2608-15

La solidaridad verdadera no espera a que le pidan: se levanta y camina.

Hay una forma de servicio que llega tarde, solo cuando ya no hay más remedio, y otra que se adelanta al pedido. La primera administra la necesidad como un trámite; la segunda la reconoce como urgencia y se pone en marcha sin que nadie la convoque. La diferencia entre ambas es la que separa a un aparato indolente de una comunidad viva.

El poder que sirve de verdad es el que se desplaza hacia el que menos tiene, no el que espera que el necesitado recorra kilómetros para alcanzarlo. Cuando el que puede ayudar se pone en camino primero, invierte una jerarquía: ya no es el débil quien mendiga atención, es la fuerza la que acude. Esa es la solidaridad que construye país: la que acorta distancias en lugar de imponerlas.

El servicio que se adelanta

En el Perú, el Estado suele hacerse esperar. El ciudadano de la comunidad lejana viaja horas para conseguir una firma, una atención, un derecho que debería llegar hasta él. Hemos naturalizado que el débil se mueva y el poder permanezca sentado. Pero toda gestión decente empieza por invertir esa distancia: que la salud, la escuela y la justicia se pongan en camino hacia donde están los que las necesitan, y no al revés.

La solidaridad que sirve no es la que se anuncia, sino la que se apura. Se reconoce en la premura: no espera al informe, no aguarda la foto, no calcula el rédito. Ve la necesidad y se levanta. Hay una energía moral en ese movimiento que ninguna burocracia puede fingir, porque nace de entender que la urgencia del otro es también la propia. El que ayuda de prisa no lo hace por cálculo: lo hace porque la dignidad ajena le concierne.

Ponerse en camino tiene un costo, y por eso escasea. Es más cómodo administrar desde el escritorio que salir al encuentro. Pero la comunidad se teje precisamente ahí, en el gesto del que abandona su lugar seguro para acompañar al que está solo. El poder que visita al más pequeño se engrandece; el que lo obliga a venir se empequeñece. Servir no es un favor que se concede: es una deuda que se paga caminando.

LA OTRA CARA

El asistencialismo que humilla

Cuidado, sin embargo, con la ayuda que llega para dominar y no para liberar. Hay un servicio que crea dependencia, que entrega para atar, que visita al pobre para convertirlo en clientela. Esa no es solidaridad: es una compra de voluntades disfrazada de generosidad.

La ayuda que dignifica devuelve autonomía; la que humilla perpetúa la carencia porque la necesita. Ponerse en camino hacia el otro solo tiene sentido si el objetivo es que un día no necesite ser visitado. Servir bien es trabajar para volverse innecesario.

La caridad como espectáculo

En el otro extremo está el servicio convertido en escenografía. La ayuda que se fotografía antes de darse, que mide su valor por la cobertura y no por el alivio que produce. Cuando el gesto solidario busca aplauso, ya dejó de ser para el otro y pasó a ser para uno mismo.

La solidaridad verdadera prefiere el anonimato al reflector. Se pone en camino sin cámara, porque su recompensa está en la necesidad cubierta, no en la imagen difundida. El que sirve para ser visto no ha salido de su lugar: solo ha trasladado su vanidad.

AFORISMOS

  1. La solidaridad no espera que le pidan: se levanta y camina. — JFT
  2. El poder que visita al más pequeño se engrandece; el que lo cita, se achica. — JFT
  3. Servir bien es trabajar para volverse innecesario. — JFT
  4. La ayuda que se fotografía antes de darse ya no es para el otro. — JFT
  5. Que el derecho camine hacia el ciudadano, y no el ciudadano hacia la firma. — JFT

PROPUESTAS

  1. Llevar los servicios esenciales del Estado a las comunidades más alejadas mediante brigadas itinerantes de salud, registro civil y asesoría legal, en lugar de exigir traslados costosos al ciudadano.
  2. Rediseñar los trámites para que la administración acuda al usuario vulnerable, priorizando la atención domiciliaria y comunitaria de adultos mayores y personas con discapacidad.
  3. Condicionar todo programa social a que fortalezca la autonomía del beneficiario y no su dependencia, con metas de egreso verificables.
  4. Prohibir el uso proselitista o publicitario de la entrega de ayuda pública, sancionando su instrumentalización política.
  5. Medir la calidad del servicio público por la distancia y el tiempo que ahorra al ciudadano más alejado, no por la actividad del escritorio.