2608-12
Corregir a solas es respeto; escandalizar de entrada es venganza.
Toda comunidad política vive de una tensión difícil: cómo señalar la falta sin convertir cada error en un espectáculo. Hay un modo de reclamar que busca reparar y otro que solo busca humillar. El primero conserva a la persona y sana el vínculo; el segundo la expulsa y rompe el tejido común. La diferencia no está en la firmeza, sino en la intención.
Existe una gradualidad que las sociedades sabias respetan: primero el reclamo directo y privado, luego la mediación de pocos, y solo al final la exposición pública. Quien invierte ese orden y empieza por el escándalo no busca justicia: busca un trofeo. La institucionalidad se mide por su capacidad de corregir a tiempo, en voz baja, antes de que el daño exija ruido.
El arte de reclamar sin linchar
En el Perú hemos confundido la denuncia con la condena. Basta una sospecha para que el tribunal de la plaza dicte sentencia antes que cualquier autoridad. Y cuando todo error se procesa como escándalo, dejamos de corregir personas y empezamos a fabricar enemigos. El resultado es una vida pública donde nadie rectifica, porque rectificar equivale a rendirse ante la turba.
Corregir bien es un acto de cuidado, no de debilidad. Se le habla primero al que falló, de frente, sin cámaras. Si no escucha, se suma a otros que puedan dar fe del reclamo. Solo si persiste en el daño se lleva el asunto a la comunidad entera. Ese recorrido no protege al culpable: protege a la comunidad de volverse un tribunal que ejecuta sin escuchar.
El que exhibe la falta ajena antes de intentar repararla suele tener un interés distinto de la verdad. Le importa menos el daño cometido que el capital que puede extraer del escándalo. Por eso la corrección madura es callada al principio y pública solo cuando ya no queda otro camino. Quien empieza gritando rara vez quiere corregir: quiere heredar el lugar del corregido.
LA OTRA CARA
El silencio cómplice
Cuidado, sin embargo, con usar la discreción como coartada. Hay quien invoca la corrección privada para enterrar denuncias que la sociedad tiene derecho a conocer. La reserva es un método, no un escudo para los intocables. Cuando la falta afecta el patrimonio público, el orden se invierte: la comunidad no es la última instancia, es la parte agraviada.
El diálogo discreto sirve entre iguales que quieren repararse; no sirve para blindar al poderoso que se sabe impune. Confundir prudencia con encubrimiento es el truco favorito de quien administra secretos. La regla es simple: se corrige en privado lo privado, y se rinde cuentas en público lo que es de todos.
La justicia de la turba
En el otro extremo está la sociedad que reemplazó los procedimientos por la indignación instantánea. Ahí no hay corrección: hay ejecución sumaria. La persona señalada pierde antes de defenderse, y el error se vuelve identidad permanente sin posibilidad de enmienda.
Una república seria ofrece siempre una puerta de regreso al que se equivocó y quiere reparar. Sin esa puerta, el castigo deja de educar y solo alimenta el rencor. La turba no busca mejores ciudadanos: busca culpables que le devuelvan, por un rato, la sensación de ser justa.
AFORISMOS
- Corregir a solas cuida a la persona; escandalizar de entrada la sacrifica. — JFT
- El que empieza por el escándalo no busca justicia: busca herencia. — JFT
- La turba no fabrica ciudadanos mejores, fabrica culpables cómodos. — JFT
- Prudencia con lo privado, cuentas claras con lo de todos. — JFT
- Toda comunidad sin puerta de regreso solo produce rencor. — JFT
PROPUESTAS
- Establecer instancias internas de reclamo y mediación en instituciones públicas antes de escalar cualquier caso al escrutinio abierto, salvo cuando esté comprometido el patrimonio del Estado.
- Diferenciar con claridad normativa la falta privada, que admite corrección reservada, del acto que afecta fondos públicos, que exige rendición de cuentas abierta.
- Proteger el debido proceso de todo servidor señalado, garantizando defensa efectiva antes de cualquier sanción pública.
- Sancionar la difusión anticipada de imputaciones sin sustento, que destruye reputaciones sin permitir enmienda.
- Crear mecanismos de rehabilitación funcional para quien rectifica y repara, de modo que el error no sea una condena perpetua.