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2608-11 Nadie atrás

2608-11

La grandeza de un gobierno se mide por cómo trata al más pequeño.

En la vida pública se confunde a menudo la grandeza con la altura: los cargos, los honores, el protocolo, la distancia respetuosa que separa al que manda del que obedece. Pero hay otra medida, más exigente y más honesta, para juzgar a un gobierno: cómo trata al que no tiene voz ni influencia, al que no aporta votos decisivos, al que la estadística prefiere olvidar.

Un Estado no se define por cómo atiende a los poderosos, que siempre encuentran quién los escuche, sino por cómo trata a los últimos de la fila. La verdadera grandeza no crece hacia arriba, hacia el privilegio, sino hacia abajo, hacia donde viven los que nadie reclama. Poner a los más débiles en el centro de las decisiones no es caridad: es la prueba definitiva de un poder decente.

La vara del más débil

Hay una pregunta que desnuda a cualquier gestión: ¿qué hace por quien no puede devolverle nada? Es fácil servir al que tiene con qué presionar, al gremio que moviliza, al sector que financia. Lo difícil, y lo que distingue a un gobierno digno, es ocuparse del que no tiene cómo cobrarse el favor: el enfermo sin conexiones, el pueblo sin carretera, el niño sin escuela.

El poder tiende naturalmente a orbitar alrededor de los fuertes, porque de ellos espera algo a cambio. Por eso la decencia política exige un esfuerzo deliberado en sentido contrario: crecer hacia la periferia, hacia el margen donde se acumulan los olvidados. Un país que organiza sus prioridades según quién grita más fuerte terminará siempre desatendiendo a los que ni siquiera pueden gritar.

Esa es la vara que no engaña. Los discursos hablan de justicia social, pero la justicia real se comprueba en el trato al más débil, no en la retórica dirigida al más fuerte. Donde el último de la fila importa tanto como el primero, hay república; donde se le abandona porque no rinde políticamente, hay apenas una maquinaria de privilegios con lenguaje de igualdad.

LA OTRA CARA

La grandeza fingida

Existe una grandeza de utilería, hecha de protocolo, comitivas y solemnidad, que confunde la importancia del cargo con la importancia de la persona. Cuanto más vacío está un poder de servicio, más se llena de ceremonia. La distancia con la gente, lejos de ser respeto, suele ser la coartada del que no quiere mirar de cerca lo que debería resolver.

El servidor verdadero hace lo inverso: reduce la distancia, se acerca al que sufre, entiende que la autoridad se justifica sirviendo y no siendo servido. La grandeza que se mide en honores es la más pequeña de todas; la que se mide en vidas mejoradas es la única que perdura. Un dirigente que necesita rodearse de boato suele tener poco que mostrar sin él.

La oveja que sobra

En toda política de números hay una tentación fría: dar por aceptable que unos pocos queden fuera. Si la mayoría avanza, se razona, el rezago de una minoría es un costo tolerable. Así se abandonan territorios enteros por lejanos, poblaciones por escasas, personas por poco rentables en términos electorales. La aritmética del descarte siempre encuentra a quién sacrificar.

Pero un gobierno decente no se resigna a perder a nadie. No abandona al que quedó atrás con el argumento de que los demás están bien; va a buscarlo, precisamente porque los otros ya están a salvo. El valor de una comunidad se prueba en su negativa a considerar prescindible a uno solo de los suyos. Donde alguien sobra en los cálculos, la república ya empezó a fallar.

AFORISMOS

  1. La grandeza no crece hacia arriba, hacia el privilegio, sino hacia abajo, hacia el olvidado. — JFT
  2. Un gobierno se juzga por cómo trata a quien no puede devolverle nada. — JFT
  3. Cuanto más vacío de servicio está un poder, más se llena de ceremonia. — JFT
  4. Donde alguien sobra en los cálculos, la república ya empezó a fallar. — JFT
  5. La justicia se prueba en el trato al más débil, no en el discurso al más fuerte. — JFT

PROPUESTAS

  1. Diseñar los servicios públicos priorizando la cobertura de las zonas más apartadas y las poblaciones más vulnerables, no las más rentables políticamente.
  2. Medir la calidad de cada política por su impacto en el décimo más pobre de la población y no solo por el promedio nacional.
  3. Cerrar las brechas de acceso a educación, salud y agua en los territorios históricamente postergados, con metas y plazos verificables.
  4. Crear canales efectivos para que los ciudadanos sin poder ni influencia hagan llegar sus demandas y reciban respuesta.
  5. Evaluar a las autoridades por su capacidad de no dejar a nadie fuera, tratando cada exclusión como una falla del sistema y no como un costo aceptable.