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2608-10 Sembrar para otros

2608-10

El estadista se reconoce en lo que planta sabiendo que no verá florecer.

La política peruana vive enferma de cortoplacismo. Se gobierna para el próximo titular, se inaugura lo que todavía no funciona, se prefiere la obra vistosa a la reforma silenciosa que solo dará fruto en una década. Lo que no rinde votos de inmediato se posterga, y así el país acumula urgencias resueltas a medias y cimientos que nadie se atreve a poner.

Pero las transformaciones que de verdad importan nunca se cosechan en el mismo periodo en que se siembran. Educar una generación, sanear una institución, cambiar una cultura cívica: todo eso exige plantar hoy lo que otros recogerán mañana. El gobernante que solo actúa por lo que verá inaugurado renuncia, sin decirlo, a lo esencial. Hay siembras cuyo mérito es, precisamente, no dar fruto a tiempo para su autor.

La política que germina después

Existe una grandeza discreta que consiste en trabajar por resultados que uno no firmará. El reformador que sanea las cuentas para que otro gobierno las herede ordenadas, el que construye una institución sólida que sobrevivirá a su gestión, el que impulsa la ley que dará frutos cuando su nombre ya se haya olvidado: todos ellos entienden que servir es, antes que nada, sembrar.

El cortoplacista hace lo contrario. Descapitaliza el futuro para lucir un presente próspero, gasta lo que no tiene, posterga lo difícil y deja la factura al que venga después. Su obsesión por cosechar aplausos inmediatos lo vuelve incapaz de la única siembra que transforma un país: la que renuncia al rédito propio para que el fruto sea de todos.

Por eso conviene medir a los gobernantes no solo por lo que inauguran, sino por lo que dejan plantado. Un país no se construye con cosechas apresuradas, sino con siembras pacientes que exigen renunciar al protagonismo. El que solo actúa cuando puede poner su nombre en la placa nunca hará lo más importante, porque lo más importante casi siempre florece cuando el sembrador ya no está para verlo.

LA OTRA CARA

El cosechador impaciente

El cortoplacismo tiene un rostro seductor: siempre ofrece resultados ya. Reparte lo que hay sin pensar en lo que vendrá, prioriza la obra fotografiable sobre la reforma invisible, y confunde actividad con progreso. Su horizonte termina en la próxima elección, y por eso hipoteca el futuro para financiar el aplauso presente.

El problema no es querer resultados, sino quererlos todos de inmediato y para uno mismo. El cosechador impaciente arranca la planta antes de que madure y luego se queja de que no da fruto. Un país gobernado solo con esa lógica avanza a saltos y retrocede en silencio, porque nadie asume las siembras lentas que sostienen todo lo demás.

El culto al protagonismo

Hay quien no siembra si la cosecha no lleva su nombre. Condiciona cada reforma a la garantía del crédito personal y abandona lo que otro podría capitalizar. Es el culto al protagonismo, que convierte la vida pública en un escaparate del yo y sacrifica el bien común en el altar de la vanidad.

El servicio verdadero es, en el fondo, un acto de desprendimiento: aceptar perderse en una obra que quizá otros firmen. El que planta pensando en el país y no en su estatua deja tras de sí algo que perdura; el que solo busca su nombre en la placa deja apenas la placa. La política madura empieza cuando alguien decide sembrar sabiendo que no cosechará.

AFORISMOS

  1. El estadista siembra lo que no cosechará; el cortoplacista cosecha lo que no sembró. — JFT
  2. Quien solo actúa por lo que verá inaugurado, jamás hará lo esencial. — JFT
  3. Hay reformas cuyo mérito es florecer cuando su autor ya no está para verlas. — JFT
  4. Descapitalizar el futuro para lucir el presente es la más cara de las vanidades. — JFT
  5. El que planta pensando en su estatua, deja apenas la estatua. — JFT

PROPUESTAS

  1. Adoptar planes de Estado con horizonte de veinte años en educación, salud e infraestructura, protegidos de los cambios de gobierno.
  2. Priorizar la inversión en cimientos poco vistosos —mantenimiento, prevención, formación— por encima de la obra inaugurable.
  3. Evaluar las gestiones también por los pasivos y las capacidades que dejan al sucesor, y no solo por lo entregado en su periodo.
  4. Institucionalizar las reformas mediante leyes y organismos técnicos que sobrevivan al mérito o la vanidad de quien las impulsa.
  5. Promover una responsabilidad fiscal que impida descapitalizar el futuro para financiar beneficios inmediatos.