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2608-09 Serenidad y rumbo

2608-09

En la tormenta, el pánico hunde más rápido que el viento.

Todo país atraviesa temporales: crisis económicas, estallidos sociales, escándalos que sacuden la confianza. En esos momentos el ciudadano no pide milagros, sino algo más escaso: alguien que mantenga el rumbo cuando el viento sopla en contra. El liderazgo no se prueba en la calma, sino en la capacidad de no perder la brújula cuando todo alrededor se agita.

Hay una tentación que acecha en cada tormenta: convertir el miedo colectivo en política. El demagogo prospera en el pánico porque sabe que un pueblo asustado entrega su juicio a cambio de una promesa de calma. Frente a eso, la serenidad no es tibieza: es la forma más firme de conducir. Quien conserva el temple sostiene también a los que empiezan a hundirse.

El temple que sostiene el rumbo

La escena se repite en cada crisis peruana: cuando arrecia el temporal, muchos se dejan ganar por el griterío y confunden movimiento con dirección. Se legisla a la carrera, se improvisan medidas para calmar a la calle, se cambia de rumbo cada mañana. Y el resultado es siempre el mismo: la nave da tumbos y avanza hacia ninguna parte.

El que conduce de verdad hace lo contrario. Baja el ruido, ordena las prioridades y sostiene una dirección aun cuando la impaciencia general exige gestos inmediatos. No ignora la tormenta: la atraviesa sin dejar que dicte sus decisiones. Su serenidad no nace de la indiferencia, sino de saber hacia dónde va, que es lo único que permite no naufragar cuando el mar se encrespa.

Porque el verdadero peligro no suele ser el temporal, sino la reacción que provoca. Los pueblos rara vez se hunden por la fuerza del viento; se hunden por el pánico que los lleva a abandonar el rumbo a mitad de camino. Mantener la dirección en medio del caos no es terquedad: es el primer deber de quien acepta la responsabilidad de conducir a otros.

LA OTRA CARA

El falso capitán

Hay quien simula calma sin tener rumbo. Proyecta seguridad, habla con aplomo, promete puerto seguro, pero por dentro navega a ciegas. Su serenidad es escenografía: sirve para tranquilizar a la tripulación mientras la nave deriva. Es el más peligroso de los conductores, porque inspira una confianza que no puede sostener.

La diferencia entre el temple verdadero y el fingido se revela en la tormenta. El capitán auténtico sabe adónde va y por eso puede estar sereno; el falso solo aparenta ir a algún sitio. Cuando el viento arrecia, el primero corrige la ruta y el segundo culpa al mar. Un pueblo debe aprender a distinguir la calma que guía de la que solo adormece.

La duda que hunde

No es el temporal lo que hunde al que se atrevió a avanzar sobre él, sino la duda que lo asalta a mitad de camino. Muchas reformas necesarias empiezan con decisión y se ahogan cuando su impulsor, al ver la violencia de la resistencia, vacila y suelta el timón. El titubeo a destiempo cuesta más que el error inicial.

Dudar es humano, pero el que conduce no puede permitirse dudar en voz alta ni a media travesía. Cada vacilación pública se contagia y multiplica el miedo de todos. Por eso el temple no consiste en no sentir el vértigo, sino en no dejarse arrastrar por él: en sostener el rumbo el tiempo suficiente para que la tormenta amaine y la nave llegue.

AFORISMOS

  1. Los pueblos no se hunden por el viento, sino por el pánico que los hace soltar el rumbo. — JFT
  2. La serenidad no es ausencia de tormenta: es firmeza dentro de ella. — JFT
  3. El demagogo pesca en aguas revueltas; por eso siempre agita el mar. — JFT
  4. Conducir es sostener la dirección cuando todos exigen improvisar. — JFT
  5. La duda a media travesía hunde más barcos que el temporal. — JFT

PROPUESTAS

  1. Establecer protocolos de gestión de crisis con cadenas de mando claras, para evitar la improvisación y la legislación a la carrera.
  2. Comunicar con transparencia y sin alarmismo durante las emergencias, ofreciendo datos verificables en lugar de gestos para calmar a la calle.
  3. Blindar las políticas de Estado de largo plazo frente a los vaivenes de la coyuntura y la presión del titular del día.
  4. Fortalecer instituciones técnicas autónomas que sostengan el rumbo aunque cambien los gobiernos y arrecien las presiones.
  5. Someter toda medida adoptada bajo presión social a una evaluación de impacto real antes de convertirla en norma permanente.