2608-07
Quien entra en la política solo para ganar, ya empezó a perderse.
Hay una ilusión que seduce a quien llega al poder: creer que el cargo es un trofeo y no una carga. El que entiende el servicio público como botín confunde ganar con servir, y termina administrando su propio provecho mientras la comunidad espera lo que nunca llega. La política, sin embargo, no premia al que más acumula, sino al que más responde.
Existe una aritmética moral que ningún discurso logra maquillar: de nada vale reunir cargos, influencia y patrimonio si en el trayecto se arruina lo único que da sentido a la vida pública, que es la confianza de la gente. Ganarlo todo y perder al país que se juró servir no es un triunfo: es la más costosa de las derrotas.
Lo que se gana y lo que se pierde
En cada elección peruana se repite una escena: alguien promete entregarse por completo y, apenas alcanza el cargo, empieza a calcular cuánto puede sacar de él. El compromiso que ayer era vocación hoy es inventario. Y el ciudadano, que votó esperando un servidor, descubre que eligió a un administrador de sí mismo.
Servir de verdad tiene un precio, y no lo paga el pueblo: lo paga quien decide anteponer lo correcto a su conveniencia. Significa renunciar a favores, resistir presiones, perder aliados incómodos y sostener decisiones impopulares. El que no está dispuesto a pagar ese precio no debería aspirar a mandar, porque el poder sin costo siempre se cobra en los de abajo.
Por eso conviene desconfiar del que llega al poder sin nada que arriesgar y se retira con mucho que esconder. La vida pública no se mide por lo que un funcionario reúne, sino por lo que estuvo dispuesto a perder por la gente. Quien gana el mundo entero mientras deja a su comunidad en la intemperie, no ha ganado: se ha extraviado.
LA OTRA CARA
El mártir fingido
Cuidado, también, con quien dramatiza su sacrificio para cobrarlo en política. Hay funcionarios que convierten cada renuncia en un espectáculo, que exhiben sus supuestas heridas como credenciales y que hacen del 'yo lo di todo' una campaña permanente. El servicio auténtico no necesita testigos ni reclama recompensa.
El que sirve de verdad lo hace en silencio y deja que los resultados hablen. El falso mártir, en cambio, calcula el rédito de su entrega y presenta la factura en la primera oportunidad. Entre ambos hay una distancia moral enorme: uno paga el costo, el otro lo publicita.
La cuenta pendiente
Toda autoridad, tarde o temprano, rinde cuentas. No ante la galería que aplaude ni ante la prensa que celebra, sino ante el resultado terco de su propia conducta. Los discursos se olvidan; las decisiones quedan. Y un país tiene memoria más larga de lo que suponen quienes gobiernan pensando solo en el próximo titular.
Por eso el juicio más severo no es el de las urnas, sino el del tiempo, que separa a los que sirvieron de los que se sirvieron. A cada quien lo define aquello que hizo cuando pudo elegir entre su interés y el bien común. Esa es la única cuenta que no prescribe.
AFORISMOS
- El cargo no es una conquista: es una deuda que se paga sirviendo. — JFT
- Quien busca ganarlo todo en el poder, termina perdiendo lo único que valía. — JFT
- El servicio que no le cuesta nada a quien manda, no le sirve de nada a quien obedece. — JFT
- A cada autoridad la juzga su conducta, no su discurso. — JFT
- Hay quien gana el mundo entero y pierde el país que juró servir. — JFT
PROPUESTAS
- Publicar la declaración patrimonial de todo alto funcionario al ingresar y al dejar el cargo, con verificación independiente y de libre acceso ciudadano.
- Evaluar a las autoridades por resultados verificables en la vida de la gente y no por obras inauguradas para la fotografía.
- Establecer rendiciones de cuentas periódicas, medibles y abiertas al escrutinio público, con metas comprometidas al asumir el cargo.
- Sancionar con inhabilitación efectiva el uso del cargo para provecho personal, sin importar la jerarquía del responsable.
- Fortalecer la carrera pública basada en mérito y conducta, de modo que servir sea una vocación y no una oportunidad de enriquecimiento.