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2608-05 Nadie es migaja

2608-05

Un país justo no reparte dignidad en migajas: la reconoce entera.

Toda comunidad traza, casi sin darse cuenta, una línea entre los que cuentan y los que sobran. A un lado, los de siempre, los que tienen voz y acceso. Al otro, los que deben insistir, gritar, esperar en la puerta, porque se los considera ajenos al reparto de lo esencial.

La medida de un gobierno decente no está en cómo trata a los suyos, sino en cómo responde al que llega desde el margen, sin credenciales, sin apellido, sin más argumento que su necesidad. Cuando el poder aprende a mirar a ese que estaba fuera, la justicia deja de ser un privilegio y empieza a ser un derecho.

La dignidad no admite descuentos

En el Perú hay millones que viven en la condición del que toca la puerta y no recibe respuesta. El ciudadano de la periferia, del pueblo olvidado, de la lengua distinta, que reclama lo mismo que cualquiera y recibe silencio o desprecio. Se le trata como si su necesidad valiera menos, como si su hija enferma importara menos que la del centro.

Pero hay una fuerza en el que insiste desde abajo que termina por desarmar cualquier prejuicio. El que no acepta ser tratado como migaja, el que responde con dignidad a la humillación y sigue exigiendo lo que le corresponde, obliga al poder a reconocerlo. La perseverancia del excluido es una forma de justicia que se abre paso sola.

Un Estado maduro no espera a que el marginado grite hasta quedarse sin voz. Sale a su encuentro. Entiende que la ciudadanía no se reparte en porciones —enteros los del centro, sobras los de la orilla—, sino que se reconoce completa en cada persona. Nadie es migaja de nadie. Y el país que aprende esto se hace, por fin, de todos.

LA OTRA CARA

El privilegio del apellido

Existe una desigualdad silenciosa que ninguna ley confiesa: la del acceso. Al que tiene contactos, apellido o dinero, la puerta se le abre sin que toque. Al que no los tiene, se le exige que ruegue, que demuestre, que espere indefinidamente.

Esa aduana invisible del privilegio es más injusta que muchas normas escritas, porque decide en la sombra quién merece atención y quién no. Combatirla no es igualar a la baja: es garantizar que el mismo derecho valga igual en la mano del poderoso y en la del humilde.

La insistencia que dignifica

Se acusa muchas veces al que reclama de ser molesto, de gritar detrás de las autoridades, de no saber esperar su turno. Pero esa insistencia no es impertinencia: es la última defensa del que no tiene otra herramienta que su propia voz.

El ciudadano que persevera en exigir lo justo educa al poder que lo ignora. Le recuerda que gobernar no es atender solo a los cómodos, sino responder al que más necesita. Donde el excluido insiste con dignidad, el Estado tarde o temprano se corrige.

AFORISMOS

  1. Un país justo no reparte dignidad en migajas: la reconoce entera. — JFT
  2. La talla de un gobierno se mide en cómo trata al que llega desde el margen. — JFT
  3. La perseverancia del excluido es una forma de justicia que se abre paso sola. — JFT
  4. El privilegio del apellido es la aduana invisible que ninguna ley confiesa. — JFT
  5. Nadie es migaja de nadie: la ciudadanía se reconoce completa o no es ciudadanía. — JFT

PROPUESTAS

  1. Garantizar que el acceso a los servicios públicos no dependa de contactos, apellido ni capacidad de pago, sino del derecho de cada ciudadano.
  2. Priorizar la atención del Estado en las zonas y poblaciones históricamente relegadas de la agenda pública.
  3. Eliminar las barreras lingüísticas, geográficas y culturales que excluyen a peruanos del ejercicio pleno de sus derechos.
  4. Crear canales efectivos para que la queja del ciudadano de la periferia obtenga respuesta real y no silencio administrativo.
  5. Medir la equidad del Estado por cómo llega al último, no por cómo atiende al primero.