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2608-02 Pan para todos

2608-02

Ningún gobierno decente despide con hambre a su gente.

Frente a la necesidad, el poder tiene dos reflejos posibles. Uno dice: que se marchen, que cada quien resuelva por su cuenta, no es asunto nuestro. El otro dice: es nuestra responsabilidad, aquí no se va nadie sin lo esencial. Entre esos dos reflejos se juega la diferencia entre administrar una sociedad y abandonarla.

La escasez no siempre es de recursos; muchas veces es de voluntad. Se declara que no hay, que no alcanza, que es imposible, cuando en verdad lo que falta es la decisión de repartir con justicia lo que sí existe. Gobernar es, antes que multiplicar promesas, ordenar lo disponible para que llegue a todos.

El arte de no dejar a nadie fuera

Hay una frase que define a los gobiernos cómodos: «despídelos, que resuelvan solos». Es la fórmula de quien administra la pobreza como un dato inevitable y no como un problema que le compete. Cuando la autoridad se lava las manos ante la necesidad, no está siendo realista: está renunciando a su función.

La respuesta digna es la contraria: «denles ustedes de comer». No es un gesto de caridad, es una definición de responsabilidad. El Estado existe precisamente para que lo esencial —salud, alimento, seguridad, educación— no dependa de la suerte de haber nacido en el lugar correcto. Lo que se reparte con justicia rinde más que lo que se acapara con miedo.

Y hay una lección que la política peruana suele olvidar: los recursos que parecen insuficientes casi siempre alcanzan cuando dejan de perderse en el camino. Lo que no llega a la gente no siempre falta; muchas veces se desvía, se duplica en gasto inútil o se pierde en la corrupción. Administrar bien es la primera forma de multiplicar.

LA OTRA CARA

El asistencialismo que humilla

Cuidado, sin embargo, con confundir repartir con comprar voluntades. Hay quien entrega no para liberar, sino para atar; convierte el pan en correa y la ayuda en dependencia. Ese reparto no dignifica: somete.

La diferencia es clara. Una política pública decente busca que la gente deje de necesitarla; el clientelismo busca que la gente no pueda vivir sin él. Lo primero construye ciudadanos; lo segundo, rehenes agradecidos que votan por miedo a perder la dádiva.

La cuenta de lo que sobra

Que sobre después de repartir bien no es un lujo: es la prueba de que la abundancia era posible y solo faltaba organizarla. Lo que se administra con orden alcanza para más de lo que se creía.

Por eso la queja perpetua de que «no hay recursos» merece ser examinada. Muchas veces no falta el pan: falta la decisión de repartirlo, la honestidad de no robarlo y la inteligencia de hacerlo llegar. Esas tres cosas cuestan menos que la resignación.

AFORISMOS

  1. La escasez de un país suele ser escasez de voluntad, no de recursos. — JFT
  2. Repartir con justicia rinde más que acaparar con miedo. — JFT
  3. El que da para atar no alimenta: encadena. — JFT
  4. Administrar bien es la primera forma de multiplicar lo que se tiene. — JFT
  5. Ningún gobierno es grande si despide con hambre a los que lo sostienen. — JFT

PROPUESTAS

  1. Auditar el gasto social para que los recursos existentes lleguen efectivamente al ciudadano y no se pierdan en intermediación o duplicidad.
  2. Sustituir el asistencialismo clientelar por programas que generen autonomía verificable en sus beneficiarios.
  3. Garantizar el acceso a los servicios esenciales como derecho medible y no como favor político.
  4. Combatir la corrupción en la cadena de distribución de la ayuda pública, principal fuga de la escasez artificial.
  5. Medir a cada programa social por cuántas personas logran dejar de necesitarlo, no por cuántas dependen de él.