2607-31
Un país que desprecia a los suyos exporta su grandeza y compra su mediocridad.
Hay una vieja verdad que el Perú aún no aprende: nadie es profeta en su tierra. Sobran los ejemplos de peruanos brillantes que tuvieron que triunfar afuera para ser reconocidos adentro, como si la cercanía nos volviera ciegos al valor. Desconfiamos de lo propio y aplaudimos lo importado; sospechamos del vecino talentoso y celebramos al extraño con currículum ajeno. Esa desconfianza hacia lo nuestro es una forma silenciosa de subdesarrollo.
Valorar el talento propio no es chovinismo; es sensatez estratégica. Un país que no reconoce a los suyos los pierde, y al perderlos empobrece su futuro. La patria que no honra a sus talentos termina admirándolos en el pasaporte de otro. El Perú ha visto emigrar a científicos, artistas, gestores y creadores que aquí no encontraron sino recelo, y luego se ha enorgullecido de ellos cuando otros los coronaron. Esa contradicción tiene un costo enorme y silencioso.
El desprecio por lo propio suele nacer de una herida: la incredulidad de que algo bueno pueda venir de nuestro propio suelo. Pero un país se construye justamente confiando en los suyos, dándoles la oportunidad que hoy buscan afuera. Reconocer el talento local a tiempo es una de las formas más rentables y más olvidadas de invertir en el Perú.
El profeta que tuvo que irse
La escena se repite con dolorosa fidelidad: un peruano con talento propone algo valioso y, en lugar de apoyo, encuentra la pregunta corrosiva de siempre —¿y este quién se cree?—. Lo conocemos, lo vimos crecer, y precisamente por eso lo subestimamos. La familiaridad nos vuelve incrédulos. Así hemos empujado a la salida a mentes que hoy brillan bajo banderas ajenas, y luego lloramos su ausencia como si no hubiéramos participado en su exilio.
Nadie es profeta en su tierra porque la tierra se acostumbra a lo suyo y deja de verlo. El talento local es la única riqueza que un país regala cuando no la sabe reconocer. El Perú exporta cerebros y luego importa consultorías; desprecia al ingeniero de la esquina y contrata al de afuera para que diga lo mismo con acento. No es que el talento propio falte: es que no lo miramos. Y lo que no se mira, se pierde.
Cambiar esto exige una humildad institucional que aún nos falta: aceptar que la grandeza puede venir de nuestro propio suelo, del pueblo pequeño, de la universidad pública, del joven sin apellido. Los países que despegaron lo hicieron apostando por los suyos antes de que el mundo los validara. El Perú tiene el talento; le falta la fe en ese talento. Recuperar esa fe es, quizá, la reforma cultural más urgente y menos costosa que tenemos pendiente.
LA OTRA CARA
El talento que se va y el país que lo llora
Cada año el Perú despide a jóvenes formados aquí que se realizarán en otra parte. No se van por falta de amor a su país, sino por falta de oportunidad y de reconocimiento. El costo de esa fuga no aparece en ninguna estadística inmediata, pero se paga durante décadas: cada talento perdido es una solución que el país no tendrá cuando la necesite.
Y sin embargo, hay quienes se quedan y construyen contra la corriente: el investigador que persiste con poco, el creador que produce sin mecenas, el gestor que reforma desde adentro. A ellos el país les debe algo más que aplausos tardíos: les debe condiciones. Reconocer y sostener al talento que decide quedarse es la mejor manera de frenar la sangría y de decirle al que se fue que aquí, por fin, hay lugar.
La incredulidad como costumbre nacional
He observado de cerca esa mueca peruana ante el compatriota que sobresale: la sospecha antes que el reconocimiento, la pregunta por quién lo respalda antes que por qué propone. Es una incredulidad heredada, casi cómoda, que nos ahorra el esfuerzo de creer. Pero esa comodidad es carísima: nos ha costado generaciones enteras de grandeza que floreció en otro suelo.
Un país que desprecia a los suyos exporta su grandeza y compra su mediocridad. La confianza en el talento propio no se decreta, se cultiva: con oportunidades reales, con reconocimiento a tiempo, con la decisión de apostar por el nuestro antes de que otro lo haga. El día que el Perú deje de preguntar "¿y este quién se cree?" y empiece a preguntar "¿en qué te ayudo?", habrá dado el paso más importante hacia su propio despegue. La grandeza nacional empieza por creer en la propia.
AFORISMOS
- Un país que desprecia a los suyos exporta su grandeza y compra su mediocridad. — JFT
- La patria que no honra a sus talentos termina admirándolos en el pasaporte de otro. — JFT
- El talento local es la única riqueza que un país regala cuando no la sabe reconocer. — JFT
- La familiaridad nos vuelve incrédulos: por conocerlo, dejamos de ver lo que vale. — JFT
- La grandeza nacional empieza por creer en la propia. — JFT
PROPUESTAS
- Programa nacional de retención y retorno de talento, con incentivos reales para que profesionales e investigadores peruanos desarrollen su obra aquí.
- Preferencia por el talento y la proveedora local en igualdad de condiciones en la contratación pública, sin sacrificar calidad ni transparencia.
- Fondos concursables para investigación, innovación y creación cultural dirigidos a jóvenes sin trayectoria previa, no solo a los ya consagrados.
- Sistema de reconocimiento público al talento nacional en ciencia, cultura, gestión y emprendimiento, para honrarlo a tiempo y no de forma póstuma.
- Alianzas universidad-Estado-empresa que abran la primera oportunidad al talento formado en el país.