2607-23
No hay peor ciego que el país que mira sin querer entender.
Hay una diferencia enorme entre mirar y comprender. El Perú es un país que mira mucho y comprende poco: consume noticias, escándalos, encuestas y titulares en cantidades industriales, y sin embargo entiende cada vez menos por qué le pasa lo que le pasa. Vemos los efectos y perdemos las causas. Vemos al ladrón y no vemos el sistema que lo hizo posible.
Comprender exige más que ver; exige querer ver. Se puede tener los ojos abiertos y elegir la ceguera. El ciudadano que se conforma con la indignación del día renuncia a la comprensión que exige el mes, y sin comprensión no hay ciudadanía posible, solo público. El público reacciona; el ciudadano entiende.
La democracia no se sostiene con espectadores que miran; se sostiene con ciudadanos que comprenden. Formar esa mirada que atraviesa el ruido y llega a la estructura es, quizá, la tarea cívica más urgente de nuestro tiempo.
Los que miran y los que ven
He observado dos formas de estar frente a la política. La del que mira: registra el escándalo, se indigna, comparte, y pasa al siguiente sin haber comprendido el primero. Y la del que ve: se detiene, pregunta por qué, rastrea la causa, entiende la trama. El primero alimenta el ruido; el segundo construye criterio. El país está lleno de los primeros y necesita, desesperadamente, más de los segundos.
La comprensión da trabajo, y por eso escasea. Es más cómodo indignarse que entender, más rápido reaccionar que analizar. La industria del escándalo lo sabe y lo explota: nos ofrece emoción a cambio de comprensión, y muchos aceptan el trueque. La indignación sin comprensión es combustible que no mueve nada. Arde fuerte, se apaga rápido, y deja el mismo paisaje que encontró.
Formar ciudadanos que comprendan no es tarea de un discurso ni de una campaña; es tarea de una cultura cívica que hay que reconstruir con paciencia. Empieza en la escuela, sigue en el periodismo serio, se afirma en el debate honesto. No se trata de decirle a la gente qué pensar, sino de devolverle las herramientas para pensar. Un pueblo que comprende es más difícil de engañar, y por eso mismo hay quienes prefieren mantenerlo mirando.
LA OTRA CARA
La responsabilidad de los que explican
Si el ciudadano no comprende, algo falla también en quienes deberían ayudar a comprender. El periodismo que persigue el clic antes que la explicación, el político que prefiere el eslogan al argumento, el intelectual que se refugia en la jerga: todos contribuyen a la ceguera colectiva. Se le pide comprensión al pueblo mientras se le sirve confusión.
Explicar bien es un acto democrático. El que traduce la complejidad sin traicionarla, el que hace comprensible lo importante sin volverlo simplón, cumple una función pública esencial. La claridad no es enemiga de la profundidad; es su forma más generosa. Devolverle claridad al debate es tan urgente como pedirle atención al ciudadano.
El que no quiere ver
Está también el que no quiere ver, y ese es el caso más difícil. No le falta información; le sobra conveniencia. Comprende perfectamente lo que ocurre, pero fingir ceguera le resulta rentable: el que se beneficia del desorden no tiene ningún interés en verlo con claridad. Su ceguera no es un defecto de la vista, sino una decisión de la voluntad.
La ceguera cómoda es la más cara de todas: la pagamos entre todos para que unos pocos no vean. Frente a ese ciego voluntario, la información no basta; hace falta un costo social por mirar hacia otro lado. Comprender debe ser un deber ciudadano, y no comprender por conveniencia, una falta que el país aprenda a reprochar.
AFORISMOS
- No hay peor ciego que el país que mira sin querer entender. — JFT
- Se puede tener los ojos abiertos y elegir la ceguera. — JFT
- La indignación sin comprensión es combustible que no mueve nada. — JFT
- El público reacciona; el ciudadano comprende. — JFT
- La ceguera cómoda es la más cara: la pagamos entre todos. — JFT
PROPUESTAS
- Incorporar en la educación básica una asignatura de pensamiento cívico y análisis de la información pública, con casos reales del Perú.
- Impulsar plataformas independientes de verificación y explicación de la actualidad, con financiamiento transparente y sin dependencia del poder.
- Exigir que la información pública del Estado se presente en formatos comprensibles para el ciudadano común, no solo en lenguaje técnico.
- Promover programas de alfabetización mediática para adultos, orientados a distinguir el dato de la manipulación.
- Reconocer y difundir el periodismo explicativo de calidad como bien público, mediante fondos concursables de acceso abierto y auditados.