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2607-21 La familia de la causa

2607-21

En política, la sangre une; la convicción compromete.

El clan ha sido la enfermedad crónica de la política peruana. El apellido que abre puertas, el cuñado que aparece en el organigrama, el sobrino que hereda la curul como se hereda un fundo. Durante décadas hemos confundido lealtad con parentesco, y hemos pagado el precio: partidos convertidos en empresas familiares, ministerios repartidos como herencia, Estados capturados por álbumes de bautizo.

Frente al clan existe otra forma de pertenencia, más exigente y más noble: la familia de la causa. No la une la sangre sino la convicción; no la hereda uno, la elige. Se nace en un clan; se ingresa a una causa. El que sirve a un ideal está más cerca del desconocido honesto que del pariente cómplice, y esa distancia es la medida de una República sana.

La política peruana necesita reemplazar la fidelidad al apellido por la fidelidad al principio. Quien hace la voluntad del bien común es hermano, aunque no comparta sangre; quien la traiciona es extraño, aunque comparta mesa.

El apellido no es un programa

He visto asambleas partidarias donde el argumento decisivo no era la idea sino el parentesco: "es de la familia", como si eso bastara. Y he visto también, en el otro extremo, a militantes sin apellido ni padrino sostener una causa con más lealtad que muchos herederos. La política de clan premia la pertenencia; la política de convicción premia la conducta. Solo la segunda construye instituciones.

El clan tiene una lógica seductora: protege, recompensa, garantiza. Pero protege al pariente y no al ciudadano, recompensa la sumisión y no el mérito, garantiza la continuidad del grupo y no la del país. Cuando el partido se vuelve familia, la nación se vuelve huérfana. Lo hemos visto una y otra vez en nuestra historia, con nombres distintos y el mismo desenlace.

La causa exige más porque no ofrece protección automática. Al que ingresa por convicción se le puede pedir cuentas; al que ingresa por sangre, no. Por eso los proyectos que duran son los que se organizan alrededor de una idea que sobrevive a las personas, y no alrededor de personas que se aferran a un apellido. Una idea puede heredarla cualquiera; un apellido, solo unos pocos.

LA OTRA CARA

La lealtad no es un defecto

Cuidado con el exceso contrario. Denunciar el clan no significa despreciar la lealtad ni sospechar de todo vínculo. Hay familias que sirven al país con dignidad, y hay amistades políticas honestas que no son componendas. El problema no es el afecto; es cuando el afecto sustituye al mérito y la lealtad personal se antepone a la lealtad institucional.

La tarea fina consiste en distinguir la lealtad que suma de la que corrompe. Se puede querer a los propios sin entregarles lo que no les corresponde. La República no pide que renunciemos a nuestros afectos; pide que no gobernemos con ellos como única brújula.

Los hermanos que uno elige

Pienso en los compañeros de causa que he conocido: gente que llegó sin nada que ofrecer salvo su palabra, y la sostuvo cuando costaba caro. No compartíamos apellido ni origen; compartíamos una idea de país. Esa hermandad, la que uno elige, resultó más firme que muchas alianzas de sangre.

La convicción crea parentescos que la sangre no conoce. Y también los deshace: cuando alguien de la causa la traiciona, deja de ser hermano por mucho carné que exhiba. Quizá esa sea la única aristocracia decente en política: la de los que se ganan el vínculo con su conducta y lo pierden con su traición.

AFORISMOS

  1. En política, la sangre une; la convicción compromete. — JFT
  2. Se nace en un clan; se ingresa a una causa. — JFT
  3. Cuando el partido se vuelve familia, la nación se vuelve huérfana. — JFT
  4. La convicción crea parentescos que la sangre no conoce. — JFT
  5. El apellido abre la puerta; solo la conducta merece quedarse. — JFT

PROPUESTAS

  1. Prohibir por ley la contratación de parientes hasta el segundo grado en el entorno directo de autoridades electas y altos funcionarios, con declaración jurada pública.
  2. Obligar a los partidos a acreditar democracia interna real: elecciones abiertas para candidaturas, no designaciones por cúpula ni por parentesco.
  3. Publicar un registro nacional de vínculos familiares entre funcionarios, contratistas del Estado y autoridades, de acceso ciudadano.
  4. Condicionar el financiamiento público a los partidos a la renovación efectiva de sus cuadros dirigentes y a la ausencia de núcleos familiares de control.
  5. Crear escuelas de formación política gratuitas y abiertas, para que el ingreso a la causa pública no dependa de padrinos ni apellidos.