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2607-17 La norma al servicio de la persona

2607-17

La ley se hizo para el hombre; cuando el hombre se hace para la ley, algo se corrompió.

Existe una inversión peligrosa que las burocracias practican con naturalidad: convertir la norma en fin y a la persona en medio. La ley nació para servir al ciudadano, no para que el ciudadano sirva a la ley. Cuando un reglamento se aplica con literalidad ciega, sin mirar a quién afecta ni para qué se creó, deja de ser justicia y se vuelve mecánica. Y la mecánica, cuando pisa a una persona, no se detiene: sigue girando.

El formalismo es la coartada perfecta del funcionario que no quiere pensar. "La norma dice" clausura toda conversación, cancela todo criterio, exime de toda responsabilidad. Pero la norma no dice: la norma calla y alguien la interpreta. Y en esa interpretación se juega la diferencia entre un Estado que sirve y un Estado que castiga. La simplificación no es debilitar la ley, es devolverle su propósito.

Un país maduro entiende que el espíritu de la norma vale más que su letra. La letra es el instrumento; el propósito es el fin. Cuando el instrumento traiciona el fin, no hay que servir al instrumento: hay que corregirlo. Esa es la diferencia entre el legalismo estéril y la justicia viva.

La letra que olvidó su propósito

He visto la letra devorar el sentido. El trámite negado porque el nombre estaba en mayúsculas donde debía ir en minúsculas. El beneficio perdido porque el formulario era de la versión anterior. La ayuda detenida porque "el sistema no lo contempla". Detrás de cada uno de esos absurdos hay una persona real esperando, y detrás de cada persona, un Estado que olvidó para qué existía. La letra, cuando olvida su propósito, se vuelve una pequeña tiranía de escritorio.

El formalismo tiene un encanto perverso: da la sensación de rigor sin exigir juicio. El funcionario que se ampara en la literalidad se siente cumplidor, incluso justo. No advierte que la justicia no está en repetir la norma sino en entenderla. Aplicar la ley sin pensar en la persona es como recetar sin mirar al paciente: técnicamente correcto, humanamente criminal. Y de esos crímenes silenciosos está empedrado el trato cotidiano del Estado peruano con su gente.

La reforma que el país necesita no es solo de leyes, es de mirada. Un Estado que recupera el propósito de sus normas empieza a preguntar "¿para qué existe este requisito?" antes de "¿está cumplido?". Simplificar es ese acto de humildad: reconocer que la norma sirve a la persona y no al revés. Lo demás es burocracia adorándose a sí misma.

LA OTRA CARA

Sin norma tampoco hay persona protegida

Hay que decirlo con la misma firmeza: la norma también protege. El discurso del "espíritu por encima de la letra" puede volverse, en manos torcidas, la excusa del arbitrario. Sin reglas claras, el poderoso hace lo que quiere y el débil queda a merced del criterio de turno. La letra existe para que la justicia no dependa del humor del funcionario. Despreciarla del todo es abrir la puerta al capricho.

El equilibrio, otra vez, es el arte difícil. La norma debe servir a la persona, pero la persona necesita normas que no cambien según quién la atienda. La solución no es abolir la letra, es que la letra tenga siempre a la vista su propósito. Reglas firmes, aplicadas con criterio humano: esa es la fórmula que un Estado serio no debería perder de vista jamás.

El escudo del "yo solo cumplo órdenes"

Hay una frase que ha absuelto a demasiados: "yo solo aplico la norma". Es el escudo del que no quiere cargar con la consecuencia de sus actos, la delegación cómoda de la conciencia en el reglamento. Pero ningún reglamento firma; firma quien lo aplica. Y quien aplica una norma injusta sabiendo que es injusta comparte su injusticia, aunque se cubra con el sello del sistema.

Yo desconfío del funcionario que nunca dudó. El que aplica sin preguntarse a quién lastima no es riguroso, es cómodo. La historia conoce bien adónde conduce la obediencia sin criterio, y no es a ningún lugar honroso. Recuperar el criterio personal, la responsabilidad de mirar a los ojos a quien se atiende, es también una forma de simplificar: la de quitarle al Estado la coartada de la letra para maltratar sin culpa.

AFORISMOS

  1. La ley se hizo para el hombre; cuando el hombre se hace para la ley, algo se corrompió. — JFT
  2. La norma no dice: la norma calla y alguien la interpreta. — JFT
  3. Aplicar la ley sin pensar en la persona es recetar sin mirar al paciente. — JFT
  4. El formalismo es la coartada perfecta del funcionario que no quiere pensar. — JFT
  5. Ningún reglamento firma; firma quien lo aplica. — JFT

PROPUESTAS

  1. Cláusula de finalidad en toda norma administrativa: el propósito declarado debe guiar su interpretación y aplicación.
  2. Facultad y deber del funcionario de elevar consulta cuando la aplicación literal produzca un resultado manifiestamente injusto, con respuesta ágil.
  3. Eliminación sistemática de requisitos de forma sin sustento (versiones de formularios, formatos, mayúsculas) que anulan derechos por detalles irrelevantes.
  4. Presunción de buena fe del administrado como principio operativo, salvo indicio fundado en contrario.
  5. Defensoría del administrado con capacidad real de revertir denegatorias basadas en formalismo puro.