2607-16
El Estado no existe para pesar sobre el ciudadano, sino para quitarle peso de encima.
Hay una pregunta que define la calidad de un gobierno: ¿el Estado alivia o agobia? La respuesta, en el Perú, la conoce cualquiera que haya hecho un trámite. El ciudadano promedio carga sobre sus hombros una burocracia que multiplica formularios, ventanillas, sellos y esperas, como si la función del Estado fuera cansar antes que servir. Y esa carga no es neutra: recae con más fuerza sobre el que menos tiempo y recursos tiene para soportarla.
Un Estado justo se reconoce por el peso que quita, no por el que impone. La ley bien hecha simplifica la vida; la ley mal hecha la complica para justificar quien la administra. Cada requisito innecesario es un pequeño abuso institucionalizado, una cadena diminuta que, sumada a otras mil, termina inmovilizando al emprendedor, al informal que quiere formalizarse, a la madre que solo pide un certificado.
El descanso del ciudadano no es un lujo, es un derecho institucional. El Estado que agobia empuja a la gente a la informalidad, no por vicio sino por agotamiento. Aliviar la carga no es debilitar al Estado: es devolverle su sentido. Un país avanza cuando su gente deja de perder días en ventanillas y empieza a ganarlos en su trabajo.
El peso que nadie pesó
Hay un peso que ningún funcionario cargó jamás y que millones cargan a diario: el de tratar con el Estado. Lo he visto en las colas que empiezan antes del amanecer, en los rostros de quienes vuelven por tercera vez porque "faltó un sello", en el pequeño empresario que renunció a formalizarse porque el camino era más largo que la calle donde vive. Ese peso no aparece en ninguna estadística, pero define un país.
La burocracia tiene una crueldad tranquila. No grita, no amenaza, solo demora. Y en la demora hay un mensaje: tu tiempo no importa. El Estado que trata el tiempo del ciudadano como si fuera infinito le está diciendo, sin palabras, que no lo respeta. Y el ciudadano lo entiende perfectamente, aunque calle. Cada expediente detenido es un mensaje de desprecio firmado con tinta oficial.
Aliviar esa carga es la reforma más humana y menos costosa que existe. No requiere presupuesto, requiere voluntad. Digitalizar, unificar, eliminar el requisito redundante, presumir la buena fe del ciudadano en lugar de tratarlo como sospechoso. El Estado que descansa a su gente se gana su lealtad; el que la agota, su desprecio. Y ningún país prospera con su pueblo agotado de él.
LA OTRA CARA
Aliviar no es desregular a ciegas
Conviene marcar el límite. Aliviar la carga no significa demoler todo control ni abrir la puerta a la irresponsabilidad. Hay requisitos que protegen: los que garantizan la seguridad de un alimento, la solidez de un edificio, la limpieza de una cuenta pública. La simplificación inteligente distingue el trámite que protege del trámite que solo estorba. Eliminar el segundo, cuidar el primero.
El riesgo del discurso fácil es confundir menos Estado con Estado ausente. El ciudadano no quiere un Estado que desaparezca, quiere uno que funcione. La carga que hay que quitar es la del trámite inútil, no la de la garantía necesaria. Un país serio adelgaza la burocracia sin desnudar la protección. Ese equilibrio es difícil, y por eso mismo es el trabajo real de gobernar.
Los que viven del peso ajeno
Hay quienes no quieren que la carga se alivie, porque de esa carga viven. El requisito redundante alimenta al tramitador, al gestor, al que cobra por acelerar lo que debería ser inmediato. Cada ventanilla innecesaria es un pequeño peaje, y detrás de cada peaje hay alguien que lo defiende con uñas y dientes. La complejidad no siempre es torpeza: a veces es negocio.
Yo he visto esos intereses moverse en la sombra cada vez que se propone simplificar. Aparecen argumentos técnicos que ocultan intereses concretos, informes que descubren "riesgos" donde solo hay comodidad amenazada. Desmontar ese entramado no es un problema técnico, es un problema de coraje. Quien quiera aliviar de verdad al ciudadano tendrá que enfrentar a los que engordaron con su fatiga.
AFORISMOS
- El Estado no existe para pesar sobre el ciudadano, sino para quitarle peso de encima. — JFT
- Un Estado justo se reconoce por el peso que quita, no por el que impone. — JFT
- La burocracia tiene una crueldad tranquila: no grita, no amenaza, solo demora. — JFT
- Cada requisito innecesario es un pequeño abuso institucionalizado. — JFT
- La complejidad no siempre es torpeza: a veces es negocio. — JFT
PROPUESTAS
- Principio de "una sola vez": ningún dato que el Estado ya posee puede volver a pedirse al ciudadano en otro trámite.
- Silencio administrativo positivo real y verificable para trámites de bajo riesgo, con plazos automáticos.
- Interoperabilidad plena entre entidades públicas, para que el ciudadano no sea mensajero entre oficinas del mismo Estado.
- Revisión anual de stock regulatorio: por cada nuevo requisito creado, eliminación obligatoria de al menos uno obsoleto.
- Ventanilla única digital de formalización empresarial, con acompañamiento gratuito para el pequeño emprendedor.