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2607-09 Servir sin cobrar peaje

2607-09

El servidor público que pide propina en el camino traiciona el camino y a quien lo recorre.

La primera corrupción no es la del millón desviado; es la del pequeño peaje cotidiano que se cobra por hacer lo que ya se debía. El sello que se acelera con una atención, el trámite que se destraba con un sobre, la firma que llega más rápido si llega acompañada. Antes del gran escándalo siempre estuvo la pequeña costumbre. Y la pequeña costumbre nace el día en que un servidor decide que el servicio tiene tarifa.

Servir es dar sin condicionar. Suena elemental y sin embargo es la frontera más disputada de la ética pública peruana. El funcionario que entra al Estado como quien entra a un negocio confunde el cargo con una franquicia y al ciudadano con un cliente cautivo. Pero el cargo público no se posee: se administra en nombre de otros. Quien lo trata como propiedad ya empezó a robarlo, aunque todavía no haya tocado un solo sol.

La austeridad del servidor no es pobreza impuesta: es coherencia. No puede predicar sacrificio quien vive del privilegio, ni exigir esfuerzo quien se rodea de comodidades pagadas por el mismo pueblo al que dice servir. La sobriedad en el ejercicio del poder es la única fianza creíble de la honradez. Todo lo demás son discursos, y los discursos, en el Perú, ya no engañan a nadie.

La tarifa invisible

Hay un país entero que vive pagando una tarifa que no figura en ningún arancel. Se paga en las ventanillas, en los mostradores, en los pasillos donde el expediente duerme hasta que alguien lo despierta con una atención. Nadie la cobra en voz alta; todos saben cuánto cuesta. Es la tarifa invisible del Estado que dejó de servir y empezó a arrendar sus obligaciones. Y lo más grave no es el monto: es la resignación con que ya la asumimos como parte del paisaje.

He escuchado a servidores justificar esa tarifa con una frase que hiela: "es que el sueldo no alcanza". Como si la escasez autorizara el saqueo, como si la necesidad fuera patente de corso. El sueldo, en efecto, muchas veces no alcanza. Pero la dignidad no se cotiza en planilla. Quien vende su firma por hambre abre la puerta a que otro venda un país por ambición, y entre ambos hay solo una diferencia de escala, no de naturaleza.

La cura no es un discurso moralista: es una arquitectura. Un Estado que quiere servidores sin peaje debe pagar salarios decentes, sí, pero sobre todo eliminar las esperas donde germina la mordida. La demora es la madre de la coima. Cada trámite eterno es una invitación abierta al soborno. Simplificar no es solo eficiencia; es profilaxis moral. Donde no hay cola, no hay peaje. Donde el servicio fluye, la corrupción se queda sin oxígeno.

LA OTRA CARA

El peaje que pagan los que menos tienen

La tarifa invisible es cruelmente regresiva. El poderoso la esquiva con un abogado o una llamada; el pobre la paga íntegra, en efectivo y en humillación. Para el humilde, cada gestión del Estado es una pequeña vía crucis de esperas y sobornos que erosionan lo poco que tiene. La corrupción menuda no roba millones: roba mañanas de trabajo, medicinas postergadas, oportunidades que no vuelven.

Por eso la lucha contra el peaje cotidiano es, antes que una cruzada ética, una política social. No hay redistribución más eficaz que un Estado que atiende sin cobrar por atender. Devolverle al ciudadano el tiempo que le roba la burocracia venal es devolverle dignidad. Y la dignidad del más débil es la única medida honesta de cuán decente es un gobierno.

La sobriedad como fianza

Desconfío por instinto del servidor público que vive por encima del pueblo que administra. No por envidia, sino por lógica: quien se acostumbra al privilegio termina defendiéndolo, y quien defiende su privilegio ya no puede defender el interés común sin conflicto. La sobriedad no es una pose estética; es una garantía estructural. El que vive con poco tiene poco que perder y mucho que cuidar: su nombre.

En el Perú hemos naturalizado lo contrario. Camionetas, comitivas, viáticos que exceden el sueldo de quien los aprueba. Y luego nos extraña que el pueblo no crea en la austeridad predicada desde el lujo. La coherencia no se declara: se muestra. El líder que quiere pedir sacrificio debe empezar por su propio despacho. La única autoridad moral que no se compra es la que se ejerce con las manos y la mesa limpias.

AFORISMOS
  1. La demora es la madre de la coima: donde el trámite duerme, el soborno vela. — JFT
  2. Quien cobra por servir ya no sirve: arrienda una obligación que no le pertenece. — JFT
  3. El cargo público no se posee, se custodia; tratarlo como propiedad ya es robarlo. — JFT
  4. La sobriedad es la única fianza de la honradez que no puede falsificarse. — JFT
  5. No hay política social más eficaz que un Estado que atiende sin cobrar por atender. — JFT
PROPUESTAS
  1. Eliminar trámites presenciales prescindibles y digitalizar de extremo a extremo los diez procedimientos estatales de mayor volumen ciudadano.
  2. Establecer plazos máximos legales con silencio administrativo positivo automático y sanción al funcionario que incumple.
  3. Publicar en tiempo real los tiempos de atención por ventanilla y por servidor, con tablero ciudadano accesible.
  4. Fijar un régimen de austeridad obligatorio para altos cargos: topes a viáticos, vehículos y comitivas, publicados y auditables.
  5. Implementar un canal de denuncia de peaje cotidiano con protección al denunciante y trazabilidad del expediente.