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2607-08 El mandato se delega, nunca se regala

2607-08

Quien reparte poder sin repartir propósito, no forma un equipo: arma una jauría.

Gobernar es, antes que nada, saber a quién se le entrega una parte del poder y para qué. En el Perú hemos confundido delegar con desentenderse. El ministro que nombra sin instruir, el alcalde que firma sin leer, el líder que reparte cargos como quien reparte favores, no delega: abdica. La autoridad que no viaja acompañada de una misión clara se convierte en botín, y todo botín termina disputado por quienes menos merecen custodiarlo.

La delegación verdadera exige tres cosas que nuestra política suele omitir: un mandato preciso, un ámbito definido y una rendición de cuentas ineludible. Cuando un funcionario recibe poder sin misión, lo llena con su propio interés; cuando lo recibe con misión pero sin límites, lo desborda; cuando lo recibe con misión y límites pero sin control, lo corrompe con calma. Los equipos que han hecho grandes a las naciones no fueron los más numerosos, sino los más orientados. Doce personas con un norte claro pesan más que doce mil sin brújula.

El país que viene reclama gobiernos que sepan formar cuadros, no clientelas. La diferencia es moral antes que técnica: al cuadro se le confía una tarea; al cliente se le compra un silencio. Mientras sigamos premiando la lealtad ciega por encima de la competencia con propósito, seguiremos teniendo Estados numerosos y débiles, llenos de nombramientos y vacíos de resultados.

La aritmética del propósito

Hay una escena que se repite en cada cambio de gobierno peruano, y la conozco de memoria. El despacho recién estrenado, la lista de nombres sobre la mesa, el nuevo jefe repartiendo direcciones como naipes en una partida donde nadie ha explicado las reglas. Cada carta que cae es un cargo; cada cargo, una promesa de lealtad; ninguna, una misión. He visto ese reparto tantas veces que ya no me sorprende su fracaso: me sorprende que alguien todavía espere otra cosa.

El problema no es que se delegue. El problema es qué se delega. En el buen mando, uno entrega una tarea y se queda con la responsabilidad; en el malo, entrega la responsabilidad y se queda con el aplauso. El Perú está lleno de jefes que se quedaron con el aplauso. Firman la resolución y desaparecen, aparecen en la foto y se esfuman en la ejecución, cobran el mérito del anuncio y esquivan el costo del resultado. A eso no lo llamo liderazgo: lo llamo ventriloquía.

Un mandato claro es un acto de respeto y también de coraje. Respeto, porque trata al delegado como a un adulto capaz de decidir dentro de su ámbito. Coraje, porque quien fija una misión precisa se expone a que se le mida por ella. Los cobardes prefieren instrucciones vagas: así, cuando algo sale mal, siempre hubo un malentendido. La claridad es incómoda porque no deja lugar a la coartada. Y por eso, precisamente, la necesitamos.

LA OTRA CARA

El costo social de los equipos sin misión

Cuando el Estado nombra sin propósito, quien paga no es el funcionario: es el ciudadano que hace cola. La posta sin medicinas, el trámite que no avanza, la obra paralizada, todos tienen el mismo origen invisible: alguien recibió poder sin misión y lo administró como pudo, es decir, para sí mismo. El desorden del mando siempre se traduce, aguas abajo, en dignidad negada al más humilde.

Hay una injusticia silenciosa en los aparatos hinchados. Mientras arriba se multiplican las asesorías y las confianzas, abajo se multiplican las esperas. El pobre no necesita un Estado más grande; necesita un Estado con destino. Reducir la brecha social empieza por una decisión aparentemente burocrática y en el fondo profundamente ética: no dar poder a nadie que no sepa exactamente para qué lo recibe.

Doce contra doce mil

Me he preguntado muchas veces por qué las revoluciones fértiles empezaron con puñados y las burocracias estériles con multitudes. La respuesta, creo, cabe en una imagen: doce personas mirando el mismo horizonte avanzan; doce mil mirando cada una su ombligo se estorban. El número nunca fue la fuerza. La fuerza fue siempre la dirección compartida, esa cosa invisible que ningún organigrama logra decretar.

En el Perú confundimos poder con volumen. Creemos que un ministerio vale por sus metros cuadrados, un partido por sus afiliados, un movimiento por sus banderas. Y sin embargo la historia nos desmiente sin piedad: los cambios verdaderos los empujaron minorías con misión contra mayorías sin rumbo. Formar un equipo no es sumar personas. Es contagiar un propósito hasta que se vuelva de todos. Lo demás es aritmética muerta.

AFORISMOS
  1. Delegar sin misión no es confiar: es soltar el timón fingiendo generosidad. — JFT
  2. El poder que no viaja con un propósito llega siempre al bolsillo equivocado. — JFT
  3. Un cuadro se forma con una tarea; un cliente se compra con un silencio. — JFT
  4. La instrucción vaga es la coartada de los cobardes: nadie fracasa donde nada se pidió. — JFT
  5. No cuentes cuántos te siguen; mide cuántos saben hacia dónde. — JFT
PROPUESTAS
  1. Instaurar por ley que todo nombramiento de confianza incluya una carta de misión pública, con metas verificables a 90, 180 y 365 días.
  2. Crear un tablero ciudadano de cumplimiento de metas por dirección del Estado, de acceso abierto y actualización trimestral.
  3. Condicionar la renovación de altos cargos al cumplimiento documentado de la misión encomendada, no a la antigüedad ni a la lealtad.
  4. Reducir progresivamente los cargos de confianza y reconvertir esas plazas a carrera meritocrática con concurso público.
  5. Establecer una escuela de formación de cuadros directivos del Estado centrada en gestión por objetivos y ética del mando.