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En crisis, el miedo es mal consejero: manda el método.
Cuando la tormenta aparece, lo primero que se rompe no es el plan: es la calma. En política, una crisis (legal, social, mediática o interna) se vuelve mortal cuando el equipo pierde el timón emocional y empieza a gritarse soluciones. La lección dura es ésta: el caos no se negocia; se conduce.
El relato muestra un tránsito decidido (“pasemos a la otra orilla”) que se complica con una emergencia real: el agua entra, la sensación de naufragio domina, y surge el reclamo desesperado de “¿no te importa?”.
En clave política, eso es una organización que, ante presión, interpreta silencio como abandono y confunde prudencia con ausencia.
El liderazgo serio no se define por evitar tormentas, sino por tres reflejos: (1) ordenar la percepción (“primero la calma”), (2) reducir el ruido (“una sola voz”), y (3) reponer confianza (“no se decide desde el pánico”). Luego viene lo técnico: protocolos, roles, evidencias, y comunicación clara.
En campaña y en gobierno, la gente no exige perfección: exige conducción. El país perdona errores; no perdona el miedo convertido en gritos.
La barca del Estado: protocolo antes que pánico
Hay crisis que nacen afuera y crisis que nacen adentro. Las primeras te golpean; las segundas te quiebran. ¿La diferencia? En las segundas, el enemigo no es el viento: es el desorden.
Un movimiento político puede tener la mejor agenda, el mejor equipo técnico y el mejor discurso. Pero si, ante la primera borrasca, cada uno corre por su lado, la barca se anega igual. La ciudadanía lo huele: cuando no hay mando, hay improvisación; cuando no hay método, hay excusas.
Conducir en crisis exige un “tríptico” sencillo:
- Una decisión: “vamos a la otra orilla” (objetivo claro).
- Una cadena de mando: quién habla, quién ejecuta, quién verifica.
- Un protocolo: qué se hace en los primeros 30 minutos, 24 horas y 7 días.
El liderazgo es, en el fondo, una pedagogía: enseñarle al equipo a no convertir el miedo en narrativa. Porque cuando el miedo escribe el guion, la política termina actuando como espectáculo… y el país paga la entrada.
LA OTRA CARA
“Ojo: el ‘calma, calma’ también puede tapar negligencias”
No idealicemos: hay crisis que sí son peligrosas y exigen reacción inmediata. El problema no es “tener miedo”; el problema es administrarlo mal. A veces se pide calma para encubrir falta de preparación: sin simulacros, sin plan B, sin responsables.
La otra cara del liderazgo es asumir: “esto nos superó porque no nos preparamos”. La calma sin aprendizaje es solo pose. La serenidad auténtica se apoya en método, no en frases.
“El timón no grita”
Un país no se hunde por una ola.
Se hunde cuando el timón empieza a discutir con la brújula.
En crisis, el líder no se multiplica: se simplifica.
Menos discursos; más instrucciones.
Menos opinión; más evidencia.
Menos héroes; más equipo.
La autoridad no es volumen: es claridad.
Y la claridad, en tormenta, es misericordia pública.
AFORISMOS
- En crisis, el miedo es mal consejero: manda el método.
- El caos no se debate: se conduce.
- Silencio no es ausencia; a veces es estrategia.
- Una sola voz, un solo plan, un solo tablero.
- La gente perdona errores; no perdona pánico.
PROPUESTAS
- Protocolo de crisis en 3 tiempos: 30 min (control y mensaje), 24 h (hechos y evidencia), 7 días (corrección y prevención).
- Comité de crisis reducido (5 personas) con roles fijos: vocería, legal, operaciones, datos, territorio.
- Regla de “una sola voz”: solo un portavoz; el resto ejecuta y documenta.
- Tablero de evidencias: cronología, pruebas, responsables, riesgos, decisiones.
- Simulacros mensuales (campaña/gobierno): “¿qué haríamos si…?” para entrenar reflejos