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En política, lo que no se muestra, se sospecha.
El día descansa sobre una intuición profundamente práctica: lo que orienta no se esconde; se expone para que alumbre. En la gestión pública, la lámpara es la información. Decisiones, criterios, indicadores y resultados existen para dar claridad. Cuando se guardan bajo la cama del trámite, dejan de iluminar y empiezan a producir sombras: rumor, sospecha, desconfianza. Lo que no se muestra con orden termina siendo interpretado con miedo.
Después viene un recordatorio inevitable: nadie escucha en vacío. Ciudadanía y prensa escuchan a través de lentes. Y cuando el lente es ideológico, la realidad se acomoda al prejuicio. Por eso el liderazgo serio no se limita a hablar; organiza el mensaje, reduce ambigüedades y trabaja con evidencia. La verdad, sin método, no construye diálogo: construye pelea.
Y queda la medida. No se puede exigir estándares que uno no está dispuesto a vivir. El doble rasero erosiona cualquier autoridad moral. Medir con justicia —misma vara, mismo procedimiento, mismas reglas— no es un tecnicismo: es la base silenciosa de la legitimidad. Donde hay coherencia, hay autoridad. Donde no la hay, todo discurso se vuelve frágil.
“El Perú no necesita más discursos: necesita luz”
Cuando una casa está oscura, nadie se reúne a debatir si la lámpara “existe”. Se la enciende y se la pone donde sirva. En política pasa igual: el país no duda de que haya Estado; duda de si el Estado alumbra o confunde.
La gestión pública se ha acostumbrado a esconder su lámpara: expedientes sin trazabilidad, criterios que cambian según el apellido, indicadores que no se publican, resultados que se maquillan. Y luego nos sorprendemos de la desconfianza.
Un gobierno decente hace lo contrario: pone la lámpara en alto. ¿Cómo? Publica criterios, transparenta decisiones, muestra el tablero, reconoce errores y corrige con datos. Lo demás es literatura.
Y ojo: la gente escucha con “lentes”. Si no ordenas la evidencia, cada uno verá lo que quiere ver. Por eso la transparencia no es un gesto moral: es un método de supervivencia política.
LA OTRA CARA
“Transparencia sin límites: el nuevo populismo del escándalo”
Cuidado: la transparencia mal usada se vuelve linchamiento. No todo debe ser público en tiempo real (seguridad, datos sensibles, investigaciones en curso). Y hay otra trampa: confundir “filtración” con “verdad”, y hacer política como reality.
El equilibrio es fino: luz sí, pero con reglas. Transparencia con debido proceso, con protección de datos, y con explicaciones claras de qué se publica, cuándo y por qué. Si no, la “lámpara” termina quemando en vez de iluminar.
“La vara con la que juzgas es la silla donde te sientas”
Si exiges pureza, primero ofrece procedimiento.
Si pides cuentas, primero muestra tu tablero.
Si gritas “corrupción”, primero prueba y sustenta.
Porque la política se cae por una sola razón:
cuando la vara cambia según el interés.
Y ahí, amigo, la oscuridad gana.
AFORISMOS
- En política, lo que no se muestra, se sospecha.
- La transparencia no es virtud: es infraestructura de confianza.
- El doble rasero es la corrupción más barata y más destructiva.
- Sin indicadores públicos, la gestión es cuento.
- La verdad sin método se vuelve pelea.
PROPUESTAS
- Tablero público mensual por sector y región: 10 indicadores máximos, claros, comparables y auditables.
- Trazabilidad obligatoria de decisiones clave: criterio, responsable, fecha, sustento y resultado.
- Regla “misma vara”: lineamientos únicos + checklists; publicar excepciones y su motivación.
- Gestión de sesgos: comunicar con evidencia y anticipar “preconceptos” (preguntas frecuentes, data abierta, glosarios simples).
- Transparencia con límites legítimos: protocolo de datos sensibles, plazos de reserva y control externo.