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2601-27 La verdadera familia política se mide por la causa, no por el apellido

2601- 27

"Un liderazgo serio no gobierna por “cercanías”, sino por coherencias". 

En el pasaje de hoy, el círculo de pertenencia se redefine: no manda la proximidad biológica ni la presión del entorno, manda la adhesión a un propósito compartido y a una conducta verificable.

Esto tiene un filo político muy actual: cuando un proyecto se deja capturar por “los de siempre” (la parentela, la argolla, la barra brava), la misión se achica. Y cuando la misión se achica, el país se vuelve un club. El liderazgo, en cambio, amplía el “nosotros”: convierte la organización en comunidad de servicio, no en agencia de colocaciones.

El texto también recuerda el contexto social de fondo: cuando suben las cargas, la presión económica, el miedo y el individualismo, las familias y comunidades tienden a encerrarse; se rompe la hospitalidad, se debilita la vida común y crecen los excluidos.

En política, ese encierro se traduce en “sálvese quien pueda”, y ahí el populismo hace fiesta.

Lección de gobierno: quien quiera reconstruir país debe reconstruir comunidad. Ordenar incentivos para cooperar, proteger al vulnerable y premiar al que cumple. La pertenencia real se prueba con hechos, no con discursos.

“El país no es una argolla: es una comunidad en construcción”

En campaña todos hablan de “unidad”. En el poder, muchos la reducen a “mi gente”. Ahí empieza el declive: cuando la pertenencia se convierte en propiedad privada, la política se vuelve familiar… pero en el peor sentido.

Un proyecto decente no pregunta primero “¿de quién eres?”, sino “¿qué haces por la causa?” La lealtad que vale no es la del apellido, es la del compromiso: cumplir, aportar, rendir cuentas, sostener al equipo cuando no hay aplausos.

Y ojo: los tiempos duros empujan a encerrarse. Con presión económica, miedo y competencia feroz, la gente se atrinchera en lo suyo; se quiebra la confianza y el vecino se vuelve amenaza.

Ahí, el Estado suele llegar tarde o llegar mal: más trámite, más barrera, más abandono.

Por eso, el liderazgo que sirve amplía el círculo. No para diluir la identidad, sino para salvarla: abre puertas, integra al que estaba afuera, y hace que la organización sea un lugar donde la dignidad se practica, no se declama. En política, el verdadero “nosotros” no se hereda: se construye.



LA OTRA CARA 

“Cuando ‘la causa’ se vuelve excusa”

Cuidado: ampliar el círculo puede convertirse en coartada para romper vínculos esenciales o para imponer obediencias ciegas. Hay líderes que usan el discurso del “propósito” para desautorizar cualquier crítica: “si no estás conmigo, estás contra mí”.

El riesgo social es claro: si redefinimos pertenencia solo por alineamiento, podemos terminar expulsando a quien piensa distinto, aunque sea valioso. Una comunidad sana no confunde disciplina con sumisión, ni unidad con silencio.

La clave es equilibrio: propósito común, sí; pero con reglas, transparencia, límites al caudillismo y derecho a disentir sin ser tratado como enemigo.

“La lealtad no se hereda: se gobierna”

Si la lealtad fuera genética, el Estado sería un árbol genealógico. Pero no: la lealtad política es una ingeniería moral.

Se gobierna con reglas: quién decide, cómo se decide, cómo se controla. Se gobierna con ejemplo: si el líder premia al servil y castiga al competente, la organización se pudre. Se gobierna con justicia: si el mérito se negocia y el acceso se compra, el “nosotros” se vuelve máscara.

Y se gobierna, sobre todo, con un criterio simple: pertenecer es cumplir. El que cumple, suma; el que no cumple, estorba, aunque sea “cercano”. Ahí nace una comunidad que no depende del humor del jefe, sino del sentido compartido.


AFORISMOS

  1. La verdadera familia política se mide por la causa, no por el apellido.
  2. La unidad sin reglas es solo barra; con reglas, es comunidad.
  3. Donde el mérito se negocia, el país se encoge.
  4. El que cumple pertenece; el que solo exige, ocupa espacio.
  5. Un líder no junta leales: forma responsables.

PROPUESTAS


  1. Reglas de integridad internas: meritocracia mínima, sanción real al amiguismo y al “doble estándar”.
  2. Sistema de cumplimiento (party & gobierno): metas públicas, responsables identificados, reporte mensual.
  3. Política de inclusión efectiva: abrir espacios a independientes y técnicos con evaluación, no por foto.
  4. Protección de comunidad: programas barriales de seguridad y servicios con enfoque de cooperación vecinal (no solo represión).
  5. Simplificación radical: menos barreras = más confianza; trámites que hoy expulsan deben convertirse en puertas.
  6. Cultura de rendición de cuentas: quien dirige explica; quien ejecuta reporta; quien falla corrige o se aparta.