2601-04
“Sin un relato común, el Estado se vuelve ruido con presupuesto".
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En política, la “palabra” no es retórica: es arquitectura. Un gobierno sin idea central se fragmenta en decretos, vocerías y parches; y cuando todo es prioridad, nada lo es. Hoy toca mirar el poder como un acto de sentido: nombrar con claridad, ordenar con coherencia y sostener con constancia.
Un “relato” sano no es propaganda: es dirección compartida. Debe explicar por qué se hace lo que se hace, a quién se protege primero y qué límites no se cruzan. Ese relato, cuando es verdadero, ilumina decisiones difíciles, reduce arbitrariedades y obliga a rendir cuentas.
La prueba decisiva es simple: cuando llega la crisis, ¿tu palabra se vuelve luz —criterio, calma y ruta— o se vuelve sombra —excusa, culpas y ruido—? Gobernar es convertir la incertidumbre en rumbo, y el rumbo en confianza.
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Cuando el Estado habla sin sentido, la calle responde con desconfianza
En el Perú, demasiadas veces el poder habla como si fuera un megáfono sin mapa: grita medidas, anuncia operativos, promete reformas, pero no explica el norte. Y cuando no hay norte, el ciudadano aprende a desconfiar por instinto: “hoy dicen una cosa, mañana otra”.
Una gestión seria se reconoce por su “columna vertebral”: tres o cuatro ideas que no cambian con el rating. Seguridad con ley, economía con cancha pareja, servicios públicos con estándares, y un Estado que respete al ciudadano. Lo demás son herramientas.
La palabra pública —la decisión, el mensaje, el decreto— debe funcionar como luz: revelar prioridades, delimitar lo que no se negocia, y ordenar el aparato estatal para que deje de girar sobre sí mismo. Sin eso, el gobierno se vuelve una suma de islas: cada ministerio con su agenda, cada vocero con su libreto, cada crisis con su improvisación.
Cuando el poder recupera sentido, pasan dos cosas: la burocracia se alinea, y la gente vuelve a creer. No por fe ciega, sino porque ve coherencia. Y coherencia, en política, es una forma de respeto.
| La otra cara |
Cuidado: el “relato” también puede ser jaula
Sí, el Estado necesita una idea central. Pero también es cierto que un relato puede volverse coartada: una historia bonita que tapa cifras malas, abuso de poder o incapacidad. Hay gobiernos que hablan de “orden” para justificar atropellos, o de “unidad” para silenciar críticas.
Por eso, el relato legítimo tiene antídotos: datos abiertos, prensa libre, contrapesos reales y evaluación independiente. Si el gobierno pide confianza, debe aceptar control. Si pide unidad, debe tolerar disenso.
El problema no es el relato; el problema es cuando el relato reemplaza a la realidad. Ahí deja de ser luz y se vuelve teatro.
“Higiene institucional: la revolución que nadie aplaude”
Manual mínimo para no mentirse desde el poder
Si tu gestión necesita gritar todos los días, algo no está funcionando. Si tus funcionarios no pueden explicar en una frase qué están haciendo, no hay política pública: hay trámite.
Gobernar es ordenar: escoger, renunciar, priorizar. Es decir “no” a lo accesorio para salvar lo esencial. Es proteger al ciudadano del Estado mismo: del papeleo inútil, del favor, del “regresa mañana”.
Y cuando el poder se queda sin sentido, aparece el sustituto más barato: el enemigo. Se gobierna buscando culpables, no soluciones. Y el país se cansa. La salida es vieja y moderna a la vez: palabra clara, reglas firmes, resultados medibles.
AFORISMOS
1. Sin un relato común, el Estado se vuelve ruido con presupuesto.
2. La autoridad no es volumen: es coherencia sostenida.
3. La verdad en política no es pureza: es consistencia verificable.
4. Cuando el gobierno no ordena prioridades, la crisis ordena el país.
5. Un líder se mide por lo que ilumina, no por lo que promete.
PROPUESTAS
1. Gabinete con 4 prioridades públicas (máximo) y matriz de indicadores mensual, simple y auditable.
2. Oficina de Calidad Regulatoria con “test ciudadano”: todo trámite nuevo debe justificar costo-tiempo y eliminar otro equivalente.
3. Sistema de vocería única por crisis, con protocolo: hechos confirmados, medidas, plazos, responsables, y actualización diaria.
4. Tablero nacional de ejecución (obras, compras, seguridad, salud) con datos abiertos y trazabilidad por región.
5. Cláusula de coherencia: toda norma debe indicar qué política prioritaria soporta y cómo se medirá su resultado.
6. Mecanismo de evaluación externa (universidades/contraloría social) por semestre, con recomendaciones públicas.